Un burdeos para el mejor aniversario
Publicado el 26/04/2020 a las 08:27
Hace unos días una imagen muy triste me asaltó en redes sociales; un joven sujetaba en la palma de la mano su futuro anillo de boda. Casi lo acunaba. En su interior, una fecha inscrita que ya no podrá cumplirse: 20-4-2020. Como un resorte saqué mi propia alianza de mi dedo anular para comprobar que nuestro día seguía ahí; indeleble: 26/04/08. Suspiré aliviado y mi cerebro reseteó varias piezas del puzzle. Y entonces recordé. En la época de la pandemia, cuando todo lo que he escrito en el Diario en los últimos dos meses ha girado en torno a este maldito virus, parece que no hay un horizonte más allá del día a día. No es cierto. Y, aunque lo fuera, no tendría por que ser necesariamente malo. En casa estamos aprendiendo a exprimir el día que toca. El juego de mesa del lunes. Nuestro último reality de decoración descubierto en Netflix del martes. Las hamburguesas caseras hipercalóricas del viernes. O el vermú por videollamada con los amigos del domingo. De estricta etiqueta, claro. Ahora, separados de nuestras empresas, trabajamos más juntos que nunca. Los cuatro: Mila, Adrián, Marcos y yo. Nos preguntamos las dudas, nos ayudamos, nos preparamos la merienda, nos enfadamos porque no entendemos la tarea o porque nos falla la concentración, nos gritamos a veces y nos reímos después. Eso a menudo. También nos decimos muchísimo más ‘te quiero’. Y ya nunca se nos olvida la llamada diaria a los abuelos. Hace 12 años celebrábamos nuestra boda en Sri Lanka y Maldivas, unas islas tan desoladas por el tsunami como hechizantes para el occidental. Un recuerdo que creíamos insuperable. Al año siguiente renovamos nuestros amor frente a una catedral de Notre Dame que después hemos visto arder. Hubo aniversarios en Londres, en Praga, en aquel hotelito rural cántabro, en Yucatán o en un pequeño restaurante mexicano de la calle Esquíroz el día que supimos que volveríamos a ser padres. Pero hoy lo celebramos en casa. Una docena de años de amor. Reunidos en la mesa pequeña de nuestro salón de Imárcoain. Con los platos de plástico de dibujos de animales que siempre eligen los niños y las copas buenas que auguran felicidad. Las de las mejores ocasiones. El menú supondrá lo de menos, pero el vino sí será especial. Aquel Burdeos que compramos en Saint Emilion y que nunca nos decidimos a abrir. Hoy es el día. Y mañana también lo será. Y al otro. Quizá ya no podremos viajar tanto. Pero lo viviremos juntos. Los cuatro. En familia. Y será bueno.
Una pandemia también puede tener magia.
Íñigo González Fernández, periodista