Una mujer muy especial
Actualizado el 26/04/2020 a las 08:26
Se ha ido Conchita después de casi un siglo de vida inusual. Se ha ido Conchita Garciandía Gorriti, una mujer muy especial. Conchita, la primogénita de 12 hermanos y hermanas de una familia azagresa, estudió magisterio y en los años 40 ejerció como maestra en Leyún y en Abaurrea. Pero su inquietud intelectual le llevó a seguir sus estudios en la Universidad de Zaragoza, donde fue una de las primeras mujeres que obtuvo una licenciatura, en la especialidad de Historia. Eso fue posible gracias al esfuerzo de su madre, Consuelo, que siempre quiso que tanto sus hijos como sus hijas estudiaran y para posibilitarlo instaló una pensión de estudiantes en esa ciudad. Trabajó en el Archivo de Navarra, pero pronto quiso ampliar su horizonte y se instaló en Madrid donde trabajó en la biblioteca del Instituto Nacional de Industria y a donde llevó a sus hermanas para que pudieran seguir estudiando. Cuando a nadie le interesaba el inglés, ella fue al Reino Unido a trabajar y aprender ese idioma y más tarde obtuvo una beca para ir como enseñante de castellano a Estados Unidos, a Anniston (Alabama). Allí descubrió su pasión por la docencia y por la lingüística. Empezó a formarse y a asistir a asistir a congresos de esa especialidad y fue en uno de ellos donde le ofrecieron una plaza como profesora del Colegio Universitario de Arecibo, dependiente de la Universidad de San Juan de Puerto Rico. En ese país pasó más de dos décadas. Volvió al jubilarse, y nos sorprendió una vez más al casarse poco tiempo después con Manolo, su amor de juventud, que había enviudado. Yo esperaba sus visitas en vacaciones para escuchar sus historias y aventuras. La imitación de las canciones de las afroamericanas en los templos de Alabama mientras movían rítmicamente el culo; las revueltas universitarias en Puerto Rico a favor de la independencia; las aletas de los tiburones que se divisaban desde la terraza de su casa en los meses que tenían r por lo que a pesar del calor las playas permanecían desiertas; sus viajes por todo el mundo o sus de juventud cuando aprendía “Aldapeko sagarraren adarraren punta” en los campamentos de la Sección Femenina. A pesar de tener una visión limitada, fue una ávida lectora, una profesora entusiasta, una narradora notable, una viajera incansable y un desastre para la organización y el autocuidado. Así era Conchita, o así la recuerdo yo. No sabía cuidarse, pero tuvo la inmensa suerte de ser cuidada durante sus últimos años por sus hermanas y sobre todo por esas increíbles cuidadoras que le han permitido una buena calidad de vida, especialmente Élida que le ha acompañado hasta el final. Tenemos pocos referentes de mujeres que nacieron en el primer cuarto del S.XX y que hayan roto las reglas de juego, que se hayan desviado del camino trazado para ellas. Conchita es uno de estos referentes. Una mujer muy muy especial.