Cuando el Covid-19 entra en tu casa

Cristina Olid|

Publicado el 25/04/2020 a las 08:38

Somos un matrimonio que convivimos con mi hija de 25 años y mi madre de 94. El día 17 de marzo mi madre se encontró mal y llamamos al teléfono habilitado para casos del coronavirus. Al rato, se presenta una doctora que nos dice que es un ejemplo claro del virus en cuestión y que, por lo tanto, nuestra casa está contaminada y tenemos que aislarnos durante mínimo 14 días.


El pronóstico para mi madre es terrible. Hay que tomar la decisión de ingresar y morir en un hospital sola o dejarla y morir acompañada de los suyos y sus cosas. Una losa tremenda cae en mi cuerpo y en mi estado emocional, pero decido junto a mi familia que lo que suceda sea en su casa. Amanecemos con miedo por la situación y se vuelve todo más oscuro cuando empiezo a ver que mi cuerpo tampoco está bien. Pero no soy la única, mi marido se encuentra con estados febriles pero puede atender la situación. Mi hija, que acaba de salir de una gripe, coge la mayor responsabilidad y se encarga de manejar todo con una diligencia que me llena de orgullo. Se preocupa de hacer la comida y que la comamos, maneja medicamentos y mira nuestra temperatura, cuida de nuestra higiene. La miro y encuentro en ella el amor y la generosidad que yo quiero entregar a mi madre.


Yo intento estar fuerte y atender los últimos momentos pronosticados de la persona que me ha criado, pero mi cuerpo se niega a seguir mis impulsos. Empieza nuestro caminar por el túnel. Parece que todo está muy oscuro. No hay final.


Comienzan las visitas de los médicos de hospitalización domiciliaria. Vienen vestidos con sus trajes especiales, sus mascarillas y cargados de un aura especial que sirven a mi caminar. Cada día yo me sujeto a esos ángeles que vienen cargados de energía positiva, buen hacer profesional y, además, demostrando su gran generosidad y amor hacia las personas que visitan. Yo misma tengo el lujo de que me ausculten y miren cuando en realidad su paciente es mi madre; mi marido, mi hija y yo solo recibimos llamadas del ambulatorio para ver en qué situación estamos y aconsejando correr a urgencias en caso de insuficiencia respiratoria. Ellos también tienen un poco de tiempo para dar calma a mis emociones.


El día 25 de marzo me encuentro mejor y es entonces cuando mi hija relaja su cuerpo y vive su momento de convalecencia. Los pasos de mi madre ya empiezan, aunque lentos, a ser esperanzadores. El día 27 de marzo una llamada telefónica vuelve a hacernos retroceder en nuestra ilusión. Mi suegra fallece. El día anterior había sido pronosticada, como mi madre, de coronavirus y habían confinado a los cinco de casa. Murió acompañada y pudieron despedirla hasta la puerta de casa. A partir de ahí, nadie pudo velarla. La llevan al tanatorio que compartía con 25 muertos más. La trasladan a Tudela para incinerar porque aquí en Pamplona no tienen sitio y… sólo acompaña su caja uno solo de sus hijos con su nuera y dos nietos. Los demás…no podíamos. Estábamos metidos entre cuatro paredes que cada vez se comprimían más. Todo tremendo, muy cruel. No puedo explicar el vacío que siento. Ni tan siquiera brotan lágrimas. No noto su ausencia porque no he tenido la oportunidad de ver su sillón vacío.


Estamos a día 14 de abril y, a pesar de esta terrible situación, volvemos a sonreír. Hospitalización domiciliaria ha dado el alta a mi madre. Ha ocurrido un milagro. Existen. Doy fe. Queda un largo camino porque, aunque está curada del virus, todavía queda una convalecencia propia de la infección y de su edad. Estamos empezando a ver la salida del túnel y no hay palabras para agradecer a los profesionales que lo hicieron posible (a los doctores Beatriz C, Ángela G, Elisabel M, Belén S, Vicenta B, Pedro R, Olivia B, y todo el equipo de Hospitalización domiciliaria). Por supuesto, gracias a toda la familia que nos ha acompañado en la distancia teniendo ellos su propio sufrimiento por no poder ayudar desde dentro, a mis queridos vecinos (considerados también como familia) que nos han suministrado lo necesario y nos han llenado los días de ánimo y sorpresas. Y, por último, pero no menos importante, a todos los amigos que con sus llamadas, mensajes de ánimo y esfuerzo por que no nos falte de nada han hecho posible que cada día tengamos fuerza.


Cristina Olid

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