Semana discreta
Actualizado el 11/04/2020 a las 17:33
Desde que comenzamos el confinamiento experimenté que era una forma tangible de vivir la Cuaresma, anclada en la vida y la realidad. Incluso pensé que ya había comenzado la Semana Santa y toda ella era Viernes Santo. El impacto de tanta muerte en soledad supera mi capacidad de poder empatizar. Toda ella era Jueves Santo porque mucha gente solo se dedicaba y se dedica a lavar los pies sin ellos/as saberlo. No alardean de lo que hacen, pero gracias a ellos podemos vivir los que nos quedamos en casa y mucha gente es atendida con extremo cariño en su domicilio. Sobra comenzar a nombrar a los colectivos porque ya los conocemos. Como los discípulos, muchos de nosotros vivimos confinados por temor no a los judíos sino al contagio del Covid-19, por nosotros y por los que viven a nuestro lado. También por responsabilidad, para intentar frenar, unidos, esta pandemia. Y suerte que podemos confinarnos. En este estado de quietud, tiempo de tocar la realidad, oler y vislumbrar la esperanza, saborear la amargura del dolor ajeno y unirnos en el silencio. Tiempo de reconocer que cada día es misterio pascual. Sí, el miedo nos acompaña. La incertidumbre camina a nuestro lado: ¿cuándo y cómo acabará esta pesadilla? Por desgracia cada día acaba para muchos porque mueren; ellos y sus familiares viven el viernes, el sábado santo y el domingo de pascua. Experimentan la ausencia de los suyos, la muerte y la pascua. Todo en un breve espacio de lo que nosotros llamamos tiempo. Es tiempo de leer poco, de discurrir menos y contemplar más. Es tiempo de vivir la entrega en lo cotidiano. Es tiempo de despojarnos de la liturgia acostumbrada y vivir lo esencial en lo poco relevante, en casa, con los de siempre, Es tiempo de lavar los pies a los de cerca y dejarnos lavar por los nuestros, esos con los que tenemos nuestras diferencias. Es tiempo de descubrir al Dios discreto que hasta se despoja de los ritos y se actualiza a través de los medios de comunicación. Es tiempo de reconocer que Dios se hace presente a través de lo concreto, tangible, humano y fraterno. No nos entretienen los pasos por las calles ni las procesiones. No nos distraen los paseos a las parroquias o centros de culto. No nos perdamos la experiencia de esta Semana Discreta, quizá más honda y profunda por la ausencia de ropajes.