Y después, ... sigamos ayudando
Actualizado el 19/03/2020 a las 18:09
Abstraído en la lectura, paso las horas imaginando cada escena de esta narración. Va pasando el tiempo, encarcelado por esta reclusión obra de la vanidad humana. Algo llama mi atención, el ruido procede de la calle. La curiosidad me hace levantar, aparcar el libro a un lado y dirigirme a la ventana. Son las ocho de la tarde. Un torrente de aplausos se apodera de la plaza. Las luces resaltan en las fachadas de los cuatro grandes bloques de pisos, como si fueran las lucecitas del árbol de Navidad. Se escuchan pitos, sartenes y cacerolas golpeadas. En cada casa, cada piso se vislumbran las figuras de grandes y chicos. Pero, aunque lo parezca, no es Navidad. Ha nacido un algo, un espíritu convirtiéndonos en más amables. haciéndonos más vecinos, más humanos; pero no es Navidad. Atrás quedaron los Carnavales. Pasó el tiempo, nos veíamos ascendiendo peldaño a peldaño la Escalera de la alegría esperando a San Fermín. De repente, todo se paró. Estos aplausos sinceros y de cariño, me sacuden por dentro provocando un tsunami que humedece mis ojos. Son la solidaridad ante el sufrimiento, la que nos ha movido a gritar de rabia y cariño. No hace mucho tiempo, la televisión mostraba Notre Dame ardiendo y Francia lloraba desconsolada. Luego las lluvias arrasaban campos, pueblos y ciudades. Ahora un escondido y traicionero virus arrasa con las gentes de pueblos, ciudades, países, continentes; el mundo entero. Y mis ojos se humedecen en esta ventana a las ocho de la tarde, escuchando los aplausos de la gente asomados a las ventanas. Recordando a esas personas que, ante tanto desastre, trabajan y otros se mueven en la ayuda. Una ayuda desinteresada, sin mirar a quien. Siempre existen personas que nos necesitan. Me emociono, aunque sean sólo aplausos, son el alma de la gente, queriendo ser solidaria. Pero me gustaría seguir emocionándome cada día, sumándome a ese pequeño ejército de hombres y mujeres que entregan a los demás, parte de su vida, parte de su tiempo. Son como hormigas silenciosas que trabajan sin descanso. Ahora nos damos cuenta. Pero son muchos, distribuidos en diferentes causas. Se llaman Voluntarios. A veces, a esos grupos de voluntariado les resulta complicado hacer campañas de acogida a nuevos Voluntarios. Son muchos frentes y son multitud de gente que espera nuestra ayuda. Ahora, entendemos la soledad de los enfermos. Pero ha estado siempre entre nosotros. Algunos enfermos escuchan los pasos, postrados en su cama, con el deseo de que se detengan en su puerta y entren para consolarlos. Me gustaría seguir emocionándome, sin salir a mi ventana. Sólo pediría, tras esta malvada y maligna crisis, que aumenten los Voluntarios en todos los frentes. Ahora, aplaudamos, para luego ser más solidarios.