Sobrevivir al covid-19

Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 18/03/2020 a las 08:24

La abrupta irrupción del Covid-19 nos ha llevado a un escenario hasta ahora inédito. La reclusión forzosa, acostumbrados como estamos a vivir en la calle, nos provoca un sinfín de sensaciones encontradas. Vacío, extrañeza. Preocupación por nuestros vulnerables mayores. Angustia por el incierto futuro. También gratitud a quienes lo están dando todo para protegernos.

Permítanme unos consejos que pueden ayudarnos a sobrellevar esta prueba. No fíen todo su ocio a la televisión. Lean, por favor, porque nadie con un buen libro en sus manos podrá decir que se siente solo. Evádanse haciéndose acompañar por enamoradizas princesas, valerosos héroes, perspicaces detectives, intrépidos aventureros, personajes históricos apasionantes, sesudos ensayistas ... Si dan con una obra que les atrape, créanme que el confinamiento, por más que dure, les resultará corto. Acondicionen una ruta en su casa y recorran habitaciones y pasillos como si vadearan el paseo del Arga o completaran la Vuelta de Aranguren. Sazónenla con cuerdas para saltar, garrafas de agua a modo de improvisadas pesas, tablas de gimnasia ... Establezcan terapéuticos períodos de silencio alejándose de unos móviles que no paran de vomitar inquietantes mensajes mezclados con ingeniosas muestras de humor. Acuérdense de llamar a quienes están solos, acompañándolos con su voz, aunque la conversación sea intrascendente. Aprovechen para enredar en la cocina, ayudándose de ese recetario que le regalaron o de un vídeo explicativo, si carecen de ciencia. Empleen este tiempo extra para sustituir los 30 segundos que empleamos en recalentar la comida preparada a la que nos aboca nuestra atropellada vida, por un guiso hecho con mimo, prescindiendo de ese implacable reloj que en los programas televisivos hace de la cocina una actividad estresante. Eso sí, no se vengan muy arriba, no vaya a ser que cuando finalmente abran el chiquero de sus casas, salgan rodando.

Apliquen en su hogar una disciplina cuartelaria. Planifiquen cada jornada con rigor. Profundicen los vínculos con aquellos con quienes convive. Procuren no añadir a este drama una crisis personal, evitando, por ejemplo, el repunte de divorcios asociado a todo período vacacional. Aplaudan a los sanitarios, también al personal de limpieza, pues en esta guerra una fregona con desinfectante es tan eficaz como un respirador. Escribía no hace mucho que en las paradas nacionales, además de los soldados, tendrían que desfilar, entre otros, los médicos que nos curan. Imaginen chaquetas caqui junto a batas blancas. Tanques seguidos de carros de la limpieza. Los unos empuñando fusiles, los otros antivirales o geles hidroalcohólicos. Por qué no. Piensen que, por dramática que sea su situación, siempre habrá quienes se cambiarían por usted. Obedezcan, por favor. Hijos a padres; estudiantes a profesores; pacientes a médicos; ciudadanos a unas autoridades desbordadas, aunque la autoridad sea estatal y usted sea nacionalista. Aparquen los reproches y, emulando a Kennedy, piensen en lo que ustedes pueden hacer para superar esta crisis, ofreciéndose a quien lo necesite. Si a algún adolescente esto le resulta insoportable, que sus abuelos le cuenten qué sufrimientos padecieron en la guerra civil y en la postguerra. Recen a su Dios, si lo tienen. Reflexionen sobre lo efímero de nuestra existencia, nuestra fragilidad o la prevalencia del ser al tener.

Piensen en el campo de batalla que dejará el virus cuando se marche. Sean patriotas. Cambien de hábitos para ayudar a sobrevivir a quienes esta epidemia haya arrebatado todo. Compren en la tienda de la esquina aunque paguen algo más por ello y no les dejen la comanda en su alfombrilla. Si su economía se lo permite, hagan turismo por esa España que desconocen. No viajen miles de kilómetros buscando de lo que tienen aquí. Y, cuando todo esto haya pasado, procuren no olvidarlo del todo. Interioricen que muchas de las cosas que hasta ahora considerábamos sin valor son, en realidad, un privilegio. Abracen más fuerte que nunca a sus abuelos, aunque en ocasiones repitan las cosas, sean negados en cuestiones técnicas o huelan mal, como una vez oí decir a Emilio Garrido. Ustedes, que viven para contarlo.

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