De la vieja Pamplona
Publicado el 11/02/2020 a las 07:48
La que nos ha legado tradiciones y costumbres que, creyentes o no, debemos respetar (y más todavía siendo alcalde o concejal, señor Asirón). El Rosario de los Esclavos, que es una de ellas, se reza todos los días en la Catedral a las siete y media de la tarde. Como pamplonés suelo concurrir a él de vez en cuando, y más que por devoción, lo confieso, por un ejercicio de nostalgia, que es eso que nos hace guardar como objetos preciados lo que no resulta otra cosa que una colección de antiguallas o quincallería sentimental.
Nada más entrar se percibe ese efluvio peculiar de las iglesias antiguas, mezcla de cera, incienso y oraciones desgranadas durante siglos. A la izquierda está la pila bautismal donde a uno le cristianaron estando mi padre, por obligación, en el frente de Cataluña. En la procesión que se forma en las naves laterales, mi hermano y quien esto escribe disfrutábamos del codiciado enchufe entre la chiquillería (sólo chavales) de poder llevar las borlas del estandarte, en gracia a que el relojero Viguiristi, su portador, era amigo del abuelo. Desfilábamos conscientes del privilegio delante de esos farolones decorados por el pintor Ciga, que entonces se llevaban a brazo y hoy van instalados cómodamente en una especie de andadera (debe de ser cosa del progreso o de la escasez de colaboradores). Hoy se siguen oyendo, como desde el siglo XVIII, los mismos motetes cantados por unos cuantos veteranos de excelente voz, que con admirable asiduidad concurren a diario. ¿Qué pasará con el Rosario cuando falten algún día no lejano?
Como con los años uno se ve haciendo cada vez más adicto a la tranquilidad, la vuelta conviene hacer eligiendo un recorrido recoleto, según un itinerario que ya se podía tomar cuando Pamplona estaba dividida en burgos enfrentados. El follón de los fines de semana y de algunas fechas se suele concentrar en unas determinadas zonas de la parte vieja, pero muy cerca quedan ciertas calles solitarias, algo tristes tal vez, donde sigue reinando el mismo silencio centenario apenas interrumpido. Viejas tiendas, artesanos, algún chiringuito de escasa clientela…Tomamos la Dormitalería para después bajar a la Merced, con sus puertas y persianas abominablemente pintarrajeadas por esos picassos que, espray en mano, andan sueltos por la vida en difícil alarde de mediocridad artística y estupidez, propagando una peste que se extiende por muchos puntos de la ciudad. Cuando termina la Tejería se desemboca en la Estafeta, donde estalla el jaleo, con sus bares y tiendas de productos tradicionales y “souvenirs” para los turistas al calor de una calle que la televisión ha terminado por hacer famosa en el mundo entero.