La rana y sus escorpiones
Publicado el 11/12/2019 a las 08:13
Vivimos en una tierra que hemos hecho grande los de aquí... y los de fuera. Desde visionarios como Manuel Torres, ese murciano capaz de anticipar el futuro, hasta Chimy Ávila, el argentino de Rosario que se vacía luciendo la camiseta rojilla, pasando por los braceros de piel oscura que, tras deslomarse recolectando el preciado fruto de nuestros campos, oran mirando a la Meca o los hermanos hispanoamericanos a quienes confiamos el cuidado de nuestros niños y mayores.
Conformamos una sociedad abierta y plural, aunque los hay que se obstinan en levantar muros en un mundo cuyas fronteras se difuminan. Tipos que parecen añorar esa Europa en blanco y negro en la que ir a pasar el día a San Juan de Luz exigía cambiar moneda, llevar pasaporte, carta verde y un adhesivo con la E en el coche cuyo maletero revisaban los aduaneros. Tribus acaudilladas por políticos pequeños que no imaginan vida más allá de la muga. Provincianos con antecedentes xenófobos opuestos a toda infraestructura moderna que nos conecte con el exterior o a la enseñanza del inglés. Gente que se ha equivocado de siglo, pues nada hay más contrario a la imperante globalización que los nacionalismos rancios. Son los “Paco Martínez Soria” de nuestros días, a cuyo lado el navarro más universal, que murió en China en 1552 tras recorrer el orbe en su misión evangelizadora, se revela enorme. Siguiendo a Baroja -“el carlismo se cura leyendo y el nacionalismo viajando”- y sin renunciar a las raíces, abramos la mente empezando por considerar que nuestra casa no se reduce a nuestro terruño, sino que se abarca, cuando menos, todo este maravilloso país llamado España. La Galicia donde culmina el camino de Santiago, secular fuente de cultura; las preciosas comunidades cantábricas, en las que el mar azul rompe contra verdes montañas; el País Vasco, con quien tanto compartimos; La Rioja, que nos conquista por el paladar; Aragón, a quien sólo nos enfrenta la rivalidad entre Osasuna y el Zaragoza; esa Cataluña vanguardista en la que últimamente la “rauxa” se impone al “seny”; el paraíso balear; la Extremadura de inmensas dehesas y monumentales ciudades; las recias Castillas; el luminoso Levante con olor a pólvora; Murcia, cuya huerta rivaliza con la nuestra; la siempre alegre Andalucía; las Canarias, de clima tan dulce como sus lugareños; Madrid, la pujante capital en la que nadie se siente extranjero… No obviemos que a esta gran nación la ha cohesionado una Constitución que, aún con sus imperfecciones, nos ha brindado el periodo de paz, libertad y prosperidad más duradero de nuestra reciente historia. Repasen el convulso siglo XX para comprobarlo. Solía repetir mi padre que nos hacía falta una guerra para valorar debidamente cuanto tenemos. Yo pienso más bien que a él le sobró esa guerra, pero su reflexión no estaba exenta de razón. La firme defensa del orden constitucional debería ser pues una prioridad a la hora de construir mayorías de gobierno estables. No lo creen así PSOE y PSN, partidos con las luces largas fundidas que, olvidando sus principios, sólo ambicionan alcanzar presidencias sin importar el precio a pagar por ellas. Hasta el punto de estar dispuestos a ignorar la fábula de la rana y el escorpión para hacer descansar el futuro de España en un partido secesionista presidido por un delincuente y, el de Navarra, en los guardianes del terror. Una equivocación de imprevisibles consecuencias, únicamente denunciada por Alfonso Guerra y Federico Tajadura. Dos gotas de lucidez en un océano de silencio culposo. Socialistas de discurso sólido frente a la ideología líquida de políticos aventureros como Sánchez, Chivite, Alzórriz y Cerdán. Vaya cuatro.
En un momento en el que todo indica que nos jugamos mucho más que una legislatura, el socialismo se llama a andana. Quien albergue alguna duda al respecto que polemice con el concejal socialista en Huarte. Si lo encuentra, claro.
Manuel Sarobe Oyarzun