A mi fémina amada y admirada (2)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 11/10/2019 a las 09:07

(Sigue.) Todo escritor que aspire a merecer un día ese sustantivo, escritor, debe gozar las mieles de un don concreto, libertad absoluta, para poder criticarlo todo, incluso algún comportamiento o episodio propio, siempre que este fuera manifiestamente censurable. Un escritor con todas las letras debe tener los redaños de reírse a mandíbula batiente de una actitud protagonizada por él (y con más razón si esta es hilarante), que le sirva de modelo para hacer lo propio con la visión y/o la escucha de otro hecho u otro dicho que le provoque una risotada desopilante, fuera este achacable (insisto) a sí mismo o a otro/a. Servidor no es de los que suelen decir una cosa en privado y otra, contraria u opuesta, en público. Servidor se equivoca, pero hace todo lo posible por ser coherente, consecuente,… y, verbigracia, veraz con lo que ahora barrunta, intuye y piensa, que, salvo que vuelva a enamorarse (suceso que ha acaecido, agrego hoy, nueve de octubre, víspera de que este texto aparezca publicado en mi bitácora), seguramente (me desdigo, lo lamento, porque ahora dudo o pongo en tela de juicio que llegue a acontecer lo que sigue), se morirá con el rostro que tenía Pilar el año pasado en la mente y con el nombre de Pilar, dándole las gracias por esa semana que dará sentido a su existencia, en sus labios.

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