Viaje a Pamplona

Amelia Guisande|

Publicado el 01/09/2019 a las 09:07

La ciudad de Pamplona situada a poco más de dos horas de Logroño, si viajamos en el autobús no directo de la Estellesa, retiene como ciudad un potencial turístico que sigue despertándonos el deseo de visitarla. En compañía de una de mis hijas decidí realizar ese viaje uno de estos sábados de finales de agosto, dado que acercarnos a cualquier ciudad de interior durante los meses de verano guarda para nosotras unos atractivos y ventajas superiores a llevarlos a cabo en otra época del año.

Cuando casi se cumplían dos horas de reloj de iniciado el viaje y habíamos coronado esa pendiente del Alto del Perdón, la panorámica, que ante nuestros ojos se abría, fortalecía una sensación de amplitud ante esa vista de la ciudad sin límites ni fronteras, una vista que resultaba ser una percepción inigualable.

Pamplona, como sucede con casi todas las ciudades, ha experimentado en el curso del tiempo cambios y transformaciones que le han propiciado una mutación en su configuración o imagen, una imagen nueva que se distingue e impone sobre aquella que había venido manteniendo hasta la fecha. Una de esas transformaciones ha tenido que ver con el empeño y cumplimiento de los objetivos, marcados desde las administraciones públicas, por reconvertir el tráfico rodado devolviendo la prioridad del mismo al peatón o viandante. El acierto o no de tales medidas junto con su repercusión social, no seré yo quien lo estime, pero es evidente que las mismas han introducido cambios substanciales en la percepción de la ciudad, unos cambios que creo también conviene sopesar para ver qué se ha ganado y qué se ha perdido con los mismos.

Así, la peatonalización correspondiente a la Avenida de Carlos III como una de las zonas afectadas nos muestra un nuevo rostro y una nueva estética en el que destacan: la creación de zonas de estancia dotadas de mobiliario urbano, ampliación de aceras, desaparición de muchas de las tiendas de siempre, etc etc. Sin embargo a pesar de la metamorfosis sufrida creo que se ha intentado conservar ese equilibrio inestable entre una ciudad: sociable y dotada de dinamismo al mismo tiempo. Sentadas a media tarde en una de esas terrazas ganadas a la calzada, en concreto en la correspondiente al tradicional y recordado antiguo Florida, pastelería con obrador propio que ocupaba el chaflán de Carlos III con la calle de San Fermín, me han venido a la memoria en forma de retazos vivencias de aquellos años.

Unos años en los que pasear y recorrer la mítica Avenida de Carlos III al llegar el fin de semana era objeto de elección preferente para los universitarios de entonces, también el reponer fuerzas en el mencionado Florida tomando aquellos sandwiches a media tarde, o las deliciosas coronillas con crema pastelera por la mañana, y siempre acompañadas de un buen café.

También debo recordar aquellas frecuentes y prolongadas incursiones en el bibliófilo, librería situada junto a la iglesia de San Antonio, de los PP Capuchinos, lugar en el que siempre te facilitaban el tomar prestados los libros, amén de poder rebuscar entre sus fondos aquellos títulos recomendados, así como poder acceder a la diversa prensa escrita que diariamente recibía.

Hoy si aquellas paredes hablasen nos mostrarían la riqueza de su archivo conservado, un archivo de incalculable valor dados los años transcurridos, entretejido por múltiples realidades.“ Si la vida no es más que un paseo, sobre ese paseo al menos sembremos flores”, escribió el ensayista y filósofo Michael de Montaigne.

Hoy nuestro paseo por la apacible ciudad de Pamplona ha tenido entre otros el efecto de señalarme la existencia de una disonancia entre esa modesta imagen conservada de aquel Pamplona y la reciente de ahora, y me pregunto ¿de qué manera y modo reducir la misma? Quizás la solución me llegue, despertando ese deseo de volver a pasear por sus calles en un nuevo viaje por realizar.


Amelia Guisande

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