Ahí va una apodíctica certeza (2)
Actualizado el 24/08/2019 a las 09:32
(Sigue.) Tras estafar a deudos y a amigos, crédulos, a quienes prometía que les iba a conseguir una alta rentabilidad del dinero que le entregaban, que usaba para vivir (del cuento), cuando vio que su luengo rosario de patrañas se desmoronaba cual castillo de naipes, en lugar de acabar con su sucia existencia, un completo fraude, decidió terminar con las vidas de sus padres, esposa e hijos. Recientemente, ha vuelto a ser noticia, porque la Corte de apelación de Bourges concedió a Romand la libertad condicional el pasado 25 de abril. El falso galeno ha decidido vivir (¿aparentando expiar así sus crímenes?) durante, al menos, dos años, en una joya del arte románico, la abadía benedictina Notre-Dame de Fontgombault. Hace muchos años escribí un relato corto en el que a cierto personaje, que tenía un parecido tal que había sido confundido varias veces con Jorge Luis Borges, le hacía decir a un empedernido impostor esto: “La primera vez que me engañaste la culpa la tuve yo; de las restantes, si las hubo, el único culpable fue quien las oyó y se las creyó”. Nota bene. Evidentemente, el impostor que ideó mi magín nada tiene que ver con Enric Marco, cuya mole de mentiras relató Javier Cercas (y le valió el Premio al Libro Europeo) en 'El impostor'.
Ángel Sáez García