Ahí va una apodíctica certeza (1)
Actualizado el 24/08/2019 a las 09:29
Ahí va, atento y desocupado lector (seas ella o él), una apodíctica certeza. Está claro, cristalino, que todas las personas mentimos. Prueba a buscar y a hallar a quienes hayan seguido y visto/oído algunos episodios de la serie televisiva 'House', la del detestable y sugestivo (a partes iguales) doctor en Medicina (a quien, como regla general, unas concretas palabras, pronunciadas por otro/a o por él mismo, sobre otro asunto, fungían o funcionaban de serendipia, pues solían venir a inspirarle, inesperadamente, tanto que daba, por arte de birlibirloque, con la causa, clave o porqué de la enfermedad que, más o menos gravemente, aquejaba al paciente que atendían su equipo y él), y comprobará que ninguno de ellos (hembras y/o varones) se ve capaz de refutar dicha verdad. Asimismo, está claro cristalino, que el fin de las mentiras humanas es diverso, variopinto. Algunas, pocas, gozan de una utilidad de por vida. Otras, bastantes, que benefician a corto plazo, acaban siendo desastrosas a medio o largo. Otras, desde el inicio, perjudican a todos, al que la profiere y a cuantos la escuchan. Igualmente, está claro, cristalino, que los escritores de ficciones mienten, pero el grueso de los tales (ellas y ellos) lo hacen con el propósito de contar una verdad, de narrar una historia verosímil. Esta es la tesis que sostiene (y nadie, que yo sepa, ha logrado objetar por el momento a) Mario Vargas Llosa en su gozoso e inmarchitable ensayo 'La verdad de las mentiras'. Los autores de textos de no ficción, con más razón, si cabe, que sí, que cabe, pretenden tres cuartos de lo mismo. Esto es, poco más o menos, lo que vino a hacer Emmanuel Carrère con/en 'El adversario', donde detalla el acervo o cúmulo de falsedades ideadas por Jean-Claude Romand, con las que embelecó a todo quisque (supongo que el propio Carrère, que mantuvo correspondencia epistolar y varias interviús en prisión con él, no se libró de sentir un hormigueo o la sensación de llegar a pensar que él también pudo ser objeto de algún intento de engaño por parte de Romand), padres, esposa, amante, amigos,…, haciéndose pasar por un alto funcionario de la Organización Mundial de la Salud, OMS, en Ginebra. (Continúa.)
Ángel Sáez García