Hubo una vez un país que se llamaba España
Publicado el 24/07/2019 a las 08:55
Hubo una vez un país con dirigentes políticos que por encima de todo eran hombres de Estado que se llamaba España. Pocas veces unos hombres podían tener tantos motivos personales para no ponerse de acuerdo con sus adversarios y sin embargo, pocas veces se consiguió un acuerdo tan generoso y fructífero para el país. Este acuerdo nos ha dado a los españoles un periodo de paz y prosperidad solo quebrado por una banda terrorista salvaje y anacrónica y una crisis global de la que, afortunadamente, vamos saliendo.
Para esos hombres, lo primero, antes de sus propias ideas políticas, socialistas, derechistas, comunistas o liberales, eran los españoles, y por lo tanto España. La nación ha vivido de inercia de aquellos grandes pactos, inercia que hoy día se acaba. Es difícil de comprender que el futuro político de un Estado pase por quienes no lo reconocen como propio, y sea, preferentemente, con ellos con los que se intenten los pactos. Al final, el perfil de la patria quedará tan difuminado que ni se identificará al país, ni quedará nada para pactar. Volverá a hacerse presente la famosa frase atribuida a Otto Von Bismarck; “Estoy firmemente convencido de que España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos queriendo destruirse a si misma y todavía no lo ha conseguido”. Por mucho que vivamos tiempos convulsos, vueltas a los nacionalismos, a los populismos o a los protagonismos de los grupos anti sistema, España y Europa indiscutiblemente se han levantado, han resistido y han avanzado desde la unidad y la solidaridad entre los pueblos, no desde los sentimientos nacionalistas, románticos, egocentristas e insolidarios.
Nuestro problemas son problemas comunes, las crisis son mundiales, el cambio climático una tragedia global, y nuestras preocupaciones por nuestras familias, por la sanidad, por la educación, por las pensiones, totalmente generales y es necesario afrontarlos en común.
España va a tener que evolucionar de los gobiernos monocolores de partidos únicos a pactos permanentes o gobiernos de coalición. Y ello no sería problema si, como en otros países, los acuerdos se adoptaran en base a los intereses generales de la ciudadanía, y no del mero cálculo numérico que beneficie los resultados partidistas. En Navarra hay una fuerza que ha conseguido más porcentaje de votos y de electos que el conseguido por el presidente Sánchez en España. En Navarra se ha ofrecido a la segunda fuerza política un gobierno de coalición y la vicepresidencia a su líder, extremo por el que no ha pasado el señor Sánchez. Y sin embargo todo parece indicar que el futuro de Navarra y de España va a depender de los nacionalistas que rechazan a España, ya que con ellos se puede hablar y pactar, y con fuerzas como Navarra Suma no es posible, en éste caso concreto, ni tan siquiera se ha intentado ni atendido los múltiples ofrecimientos. Creo que hoy más que nunca debe volverse al sentido de Estado, al sentido de Nación, a mirar por los intereses generales, o caeremos bien en una situación permanente de bloqueo político, bien en una situación permanente de pactos con los que no quieren a España, pactos que indudablemente socaban la fortaleza de los cimientos de este país. Aún hay tiempo. No sería, pese a todo lo que pueda parecer, inconveniente o negativa una repetición de elecciones, no para ver quien mejora o no sus resultados, pues parece que nadie podrá acercarse a las mayorías necesarias, sino para abrir un tiempo político de pactos por la estabilidad entre las principales fuerzas con el objetivo final de llegar a acuerdos que favorezcan a los ciudadanos.
¡Ojalá lo veamos! Ojalá el ejemplo, el esfuerzo y la grandeza de miras de aquellos hombres de 1978 sea un faro, una guía moral lo suficientemente potente para llevar a buen puerto, a puerto seguro a esa clase política española que, en caso contrario, corre el riesgo de naufragio.
Juan Frommknecht Lizarraga, abogado.