El arpa de la rima becqueriana (2)
Publicado el 26/06/2019 a las 10:53
(Sigue.) Ángel Sáez estaba interno en el seminario menor que los Padres Camilos regentaban a la sazón en Navarrete (La Rioja). Cierto sábado, por la tarde, mientras el grueso de sus compañeros reían a mandíbula batiente viendo una película hilarante en el salón de la televisión de la Blanca Casa Grande, él se ofreció voluntario para acompañar al Padre Pedro María Piérola García, que se disponía a montar en la furgoneta del colegio a fin de desplazarse al convento de Entrena para, a la ida, llevar los recipientes de plástico que contenían las bolsas con la ropa sucia de los postulantes y formadores y, a la vuelta, traer los de la ropa limpia, que las monjas de clausura habían lavado, planchado y remendado durante la semana anterior con sumos cariño y primor. A la ida, a mitad de camino, en una larga recta, sobre el asfalto de la carretera, a más de cincuenta metros, conductor y acompañante vieron cómo un ciclista, por razones que ignoraban, había caído y daba grandes (por fuertes) alaridos de dolor, porque al accidentado (por su propia culpa o la de otro) le sangraba la pierna derecha y se le veía hasta el hueso. El Padre Piérola (desde entonces, Ángel vio en él una reencarnación de San Pedro) frenó el vehículo, le dijo al postulante que permaneciera sentado, cogió una toalla que llevaba en la guantera, se apeó y la colocó encima de la pierna dañada y quebrada; puso sus manos sobre la misma y el milagro dejó a Ángel sin habla, porque el accidentado cesó en sus gritos y la sangre desapareció. El Padre Pedro le dijo al ciclista: “levántese, buen hombre, y pedalee”. Este se subió sobre su caballo de metal, que no había sufrido percance, y aturdido, sin haber salido aún de su asombro, tras balbucearle a su buen samaritano lo muy agradecido que le estaba por el hecho, reanudó su marcha y pedaleo en dirección a su destino, Navarrete. El Padre Piérola volvió a montar en la furgoneta, que condujo hasta el convento de Entrena. El Padre Pedro, antes de frenar y volver a apearse, le pidió al enmudecido seminarista, Ángel, que no contara lo que había oído y visto hasta que no tuviera noticia de su fallecimiento. Así que, si hoy, cuatro décadas después de aquello, pía lo que oyó y vio es porque un excolega suyo, Pío Fraguas, le ha comunicado con pesar el óbito de quien muchos postulantes consideraron antaño que fungió para ellos de padre sustituto o fue su segundo padre, el Padre Pedro María Piérola García. Ángel Sáez García angelsaez.otramotro@gmail.com