El arpa de la rima becqueriana (1)

Ángel Sáez García|

Publicado el 26/06/2019 a las 10:52

EL ARPA DE LA RIMA BECQUERIANA Aunque dos amigos íntimos (me consta que en la cuadrilla hay más) no me creen, no me cansaré de contar allí donde me halle la verdad pura y dura, que la historia que rotulé “De la palingenesia de San Pedro” (y subtitulé “Así vivió Ángel Sáez el prodigio”) surgió de un sueño que se me repitió durante el mes de enero de este año, a lo largo de una semana y media, diez u once días seguidos, mientras dormía la siesta. Un adolescente de doce años, llamado y apellidado como yo, Ángel Sáez, pero que no era yo, andaba dándole vueltas a un cuento que tenía entre manos y deseaba coronar, pero no publicar en el próximo número de la revista del colegio, que solía ver la luz cada dos o tres meses, porque había dado su palabra y, por tanto, debía cumplir a rajatabla lo que se había comprometido a llevar (en este caso, a no llevar) a cabo, a que dicho texto no fuera notorio, mientras no hubiera sucedido el fatal desenlace. Estaba convencido de que debía mejorar la redacción de su historia. Barruntaba que, si a él no le gustaba cómo había quedado, menos le iba a agradar todavía a quien la leyera. Consideraba que lo que él había escuchado y presenciado, lo que sus sentidos le habían proporcionado, era superior a cualquier ficción que pudiera salir de su fantasioso magín. ¿Acaso Tomás Rodaja, el licenciado Vidriera, aunque otra fuera su gracia y otro su primer apellido, no existió? ¿Cervantes no conoció, a lo largo y ancho de su azarosa existencia, a un tal Alonso Quijano o a quien le sirvió como modelo natural para desarrollar y extraerle todo el jugo a su inmortal personaje? Para Ángel, porteador otrora de un cúmulo de prejuicios que, con el lento paso del tiempo, fue cepillándose de manera paulatina, escribir sobre una persona con la que no había convivido ni conversado largo y tendido y en varias ocasiones era un trabajo vano, sin motivo ni fundamento, porque, una de dos, o tenía la impresión refractaria de que la narración resultante devendría increíble (pues, por muy experto que fuera en el difícil arte de juntar teselas, no lograría componer con dicho material ningún mosaico digno de merecer el adjetivo calificativo de estupendo o magnífico) o la sensación renuente de que habría nacido condenada a una muerte inminente, al irremediable fracaso. En todo aquello que no alcanzaron a oír y ver sus atentos oídos y ojos, siempre que fuera verosímil, decidió concederse la bula de la bola, o sea, el permiso de mentir; ahora bien, en el resto estaba determinado a contar toda la verdad de cuanto oyó (sin hollar) y vio. (Continúa.)

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