La montaña rusa de sensaciones que es Osasuna

Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 04/05/2019 a las 08:24

Osasuna 6, Murcia 0. Ese fue mi bautizo en El Sadar. Ha llovido desde entonces. Disfruté de la mítica tripleta atacante que formaban Echeverría, Iriguíbel y Martín. Conocí a un Clemente Iriarte, dueño y señor del medio campo. Y a muchísimos otros. Fui testigo de esos épicos enfrentamientos contra el Madrid de Juanito, que rara vez terminaban tantos futbolistas como los empezaban. Batallas que oponían la garra local a la superioridad técnica de un rival deseoso de salir vivo de ese inexpugnable fortín del norte repleto de bárbaros que, aún sin vestir de corto, también jugaban. He sufrido impotente el maltrato arbitral que padece todo equipo modesto. Y ahora, los desvaríos de Antiviolencia.

Recuerdo las tensas salidas a Zaragoza y las más festivas a San Sebastián. También la que nos llevó a Burdeos. Secuencias de nuestra vida que debemos a una camiseta. Añoro los choques europeos con cena incluida, aunque convendrán conmigo que maridar un bocadillo rebosante de magras con tomate con un triste botellín de agua mineral es criminal. Sugiero indultar a la bota de vino de tanta prohibición excesiva. He conocido gestiones modélicas como la de Fermín Ezcurra y otras que en breve enjuiciarán los tribunales. Gestas como el 0-4 del Bernabéu y sinsabores como la final de la Copa del Rey que se nos escapó. Lamenté la marcha de grandes como Azpilicueta, Raúl García o Monreal, a quienes nos orgullece ver triunfar lejos de aquí, porque seguimos considerándolos nuestros. Joyas de una cantera bien trabajada, seña de identidad de un club que también acoge como en casa a los jugadores llegados de lejanas tierras, algunos de los cuales vienen para quedarse. He disfrutado del ambiente de las gradas. La primera vez que fui al Camp Nou experimenté una sensación extraña, fría, hasta que comprendí que me faltaba la Charanga de Marcilla o Chiquilín encaramado a la valla espoleando a la hinchada. Hay que visitar otros campos para valorar la fiesta de El Sadar. Ese estadio que corea el Riau-Riau, al que responden los tendidos de sol sanfermineros.

He contenido la respiración ante el abismo al que nos hemos asomado, conjurado ‘in extremis’ - ayudados desde lo alto por unos copatronos que hacen horas extras- ya en el campo, con aquel gol de Flaño en Sabadell en el minuto 91, que evitó el descenso a Segunda B; ya en el Parlamento, con la ley aprobada por UPN, PSN y PP, que posibilitó la subsistencia del club y que Hacienda fuera cobrando su deuda.

Osasuna goza de una afición indulgente donde las haya. Es, sin duda, el mejor equipo en el que militar cuando las cosas vienen mal dadas. Y es que también he visto despedir a los culés con una pañolada tras ganar 4-0 ... y ovacionar aquí a unos desolados rojillos, ya descendidos, al grito de ‘volveremos’. Emociona, créanme. Me alegra ver unida a esta tierra nuestra tan diversa en torno a una misma blusa y bandera, de color fuerte y rojo, como el roble montañés y el vino de la Ribera. Osasuna es una trepidante montaña rusa de sensaciones. Ahora toca saborear estos momentos de miel, sabedores de que llegarán los de hiel.

Mi enhorabuena a jugadores y entrenador. También a una directiva, a la que únicamente reprocho haber vendido la camiseta a una casa de apuestas. Bravo por una afición que nunca fue ni será de segunda. No sé si son los mejores, pero son los nuestros. Y con los nuestros hay que estar. Siempre. De momento, ansiando celebrar en 2020 el centenario del club, en una primera división al caer. La que corresponde a este Osasuna, valiente y luchador.

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