El intelectual vencido
Actualizado el 01/05/2019 a las 09:39
El 28 de abril pasaron muchas cosas. Quisiera brevemente fijarme en un único aspecto: el intelectual salió de la caverna, y cuando volvió a la sociedad, las multitudes lo rechazaron. El discurso intelectual tuvo una alta presencia en campaña, lo vimos cuando Cayetana hablaba de los “contrafácticos absurdos” o de la “tercera vía española”. Al intelectual lo vimos pasar cuando Casado mencionaba a Cánovas o el ya olvidado “Plan Marshall”. El intelectual renació en Rivera, quien veladamente evocó a Unamuno. También hizo su apariencia en la alusión de Iglesias a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Incluso en aquel quien anacrónicamente proclamaba a Pelayo como patrón de su campaña. Ciertamente, el intelectual estuvo presente en el discurso político. Y se le ha visto encarnado en figuras muy diversas. Sin embargo, en Ferraz estuvo ausente. Sánchez iba de tecnológico con su detector de verdades y sus travesías aeroespaciales, pero la intelectualidad en el presidente y candidato cum laude ha sido todo un fracaso. Y es que, con él, la intelectualidad solo pudo hacer una súbita apariencia burlesca cuando en su Manual de Resistencia el místico Juan de la Cruz y el asceta Fray Luis de León se entrecruzaron. También cuando el doctor universitario equívocamente hizo natural de Soria al sevillano Machado. En esta campaña han pasado muchas cosas. Y entre estas turbulencias, la sociedad con su voto a declarado ostracismo al intelectual. Lo ha rechazado, quizá porque no lo entiende, a lo mejor porque no lo soporta, o no lo necesita, o quizá no distingue en él la estela de la democracia. En estas elecciones ha habido muchos vencidos, derrotados, amedrentados, acongojados, desorientados y sobresaltados. En mi opinión, el primer perdedor ha sido el intelectual. A este, quisiera pedirle que no desista. Si algo necesita la democracia para garantizar su supervivencia y no devenir en un populismo de ideas banales, es una dosis regular de intelectualidad. Y para terminar, es preciso no olvidar que, como Koselleck apunta fijándose en Tucídides, Tácito, Agustín de Hipona, Maquiavelo y Tocqueville, el cambio histórico lo acometen los vencidos.