Más allá de la muerte

Alberto Goicoechea Retegui|

Publicado el 27/04/2019 a las 08:42

¿Qué hay después de la muerte? ¿Quién no se ha hecho nunca esta pregunta alguna vez en vida? La perspectiva de la misma cambia cuando nos toca vivirla de cerca. Para el difunto y creyente, más allá de la muerte llega la vida eterna y la resurrección. Para el resto simplemente no hay nada, y en polvo te convertirás. Para los familiares y amigos, lo que nos queda en cualquier caso es vivir el duelo por la pérdida del ser querido, tenedlo en nuestro recuerdo y, como creyentes que somos, rezad por él. En nuestro caso, por nuestra madre. Ahora empieza un nuevo y duro camino, el camino legal, el camino burocrático y administrativo. El camino de las ventanillas, del segundo piso y el de “vuelva usted con todo esto mañana”.


Pasan los días, las semanas y han pasado ya unos meses, y todavía paseamos su certificado de defunción y el de nuestra frustración. Piedras grandes, piedras pequeñas en el camino, y entre las piedras una estrella de mar que ilumina como el oro lo alto de esas sucursales bancarias que creo antes las llamaban caja de pensiones y ahora tienen hasta obra social. Ahora llega el “venga usted cuando quiera, pero llame antes para pedir cita”. Eso sí, venga con su padre el viudo octogenario ya que es obligatorio firmar en nuestras oficinas. Admitimos mascotas, por lo que puede traer su andador. Luego llega el día de la cita, todo perfumado pero de nada sirve evitar una hora de espera, y tras la queja correspondiente oyes aquello de “no era necesario que viniera el pobre hombre”. Entonces empezamos con te falta esto, necesitamos aquello, sí pero esto tiene que ser a fecha de hoy y los gastos de gestión interna del banco ascienden a… Y todo para desbloquear una cartilla de ahorro familiar abierta hace más de cincuenta años, enfrentándonos ante devoluciones de recibos, cartas certificadas, avisos de corte de suministro y todo ello siendo una cartilla totalmente solvente y que podía sufragar los gastos de aquellas facturas. Eso sí, hay que finalizar con el procedimiento habitual de aceptación de herencia. Así le llaman.


Qué falta de empatía, qué exceso de soberbia, qué demostración de malas artes, y qué poco escrúpulo. Matrícula de honor en cariño. Nuestro padre ha tenido la fortuna de tener a sus hijos viviendo cerca de él y hemos podido ayudarle a sobrellevar todos estos trámites, sobre todo los bancarios. ¿Y si mi padre no hubiera podido contar con nosotros? ¿Se han planteado el que una persona mayor dependiente severo puede realizar todo esto solo? Sintiéndolo mucho, nos decían, debemos seguir el protocolo como humildes siervos de la entidad. Pero si ni tan siquiera nos conocen ni han preguntado cómo estamos. Menos mal que éramos “el cliente”. Seguro que alguno de los lectores también ha encontrado su estrella particular en el camino, y ha pasado por todo esto. Mientras seguimos rezando por nuestra madre, aunque quizás debiéramos rezar más por las personas como las que hemos conocido en esa entidad bancaria y que no están a la altura de las personas normales.

Hagamos que después de enfrentarnos a lo más duro de la vida no nos suponga más sufrimiento la cosa de los papeles para los que nos quedamos, al menos, por un tiempo.

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