Liderazgos
Publicado el 24/04/2019 a las 08:13
Hubo una época en la que el no va más en un líder político era tener carisma: una especie de poder seductor, de magnetismo ligado a la brillantez oratoria, que atraía y llevaba al pueblo a seguir al carismático como los niños al flautista de Hamelín, a confiar en él y a darle el poder. Hoy somos menos ingenuos y tenemos menos fe en el carisma y en los picos de oro. Con todo, quizás aún gana las elecciones quien ha tenido en mayor grado esas cualidades. En Navarra, tras las pasadas, cuatro líderes perdedores se unieron para quitar el Gobierno al preferido por los electores. Operación dudosamente aceptable desde el punto de vista del carisma: es discutible que la suma del escaso carisma de cuatro perdedores dé como resultado un carisma mayor que el del ganador desbancado del poder. Más realistas, sabemos que lo importante no es hablar bien sino hacer bien, y que el carisma puede ser bueno o malo: Hitler tuvo mucho y los alemanes confiaron ciegamente en él. También Lenin o Castro, pues los dictadores crean un clima mediático que los presenta como carismáticos, como dotados de cualidades sobrehumanas. Pero la prueba del nueve sobre el carisma (si es engañoso o verdadero, buenos o malo) se hace con seguridad cuando un líder ha llegado al poder y ha gobernado. Por ejemplo Zapatero y Rajoy: como el primero dejó a España en la ruina y con el problema catalán peor, su capacidad de liderazgo resultó nefasta. Y la de Rajoy fue engañosa y también mala salvo en lo económico porque, por inacción, dejó a España peor de lo que la encontró.
Cara a las elecciones próximas, podemos (y conviene) sopesar si es buena o mala la capacidad de liderazgo de quienes ya nos han gobernado y vuelven a presentarse, a partir de sus actos en el Gobierno. Todo aspirante a líder, sea después bueno o malo, ha de tener afán de poder y confianza en sí mismo (para que los demás confíen en él, ha de confiar él en sí mismo), y ha de decir cosas que gusten al electorado. Los citados Hitler, Lenin, Castro … tuvieron todo esto de sobra. También lo tienen de sobra Barkos y Sánchez: tienen altísimo concepto de sí mismos. El afán de poder de una y otro es también enorme y sin escrúpulos, porque han estado dispuestos a aliarse con quien fuera para tener el poder. Hay una diferencia sin embargo: Sánchez no tiene ningún principio y Barkos tiene uno: “Navarra, hoy más cerca que ayer de Euskadi, pero menos que mañana”. Los dos nos han tomado el pelo desde el principio: Sánchez diciendo que si salía elegido en la moción de censura convocaría elecciones inmediatas, que no había copiado la tesis ... La primera inocentada de Barkos fue aquel “gobernaré para todos los navarros”. La penúltima, su desvergonzado eslogan “Navarra no se toca”. El liderazgo de los dos ha resultado malo: Sánchez ha mostrado que no le interesa el bien de España al aliarse con los que quieren su mal. La lista del mal gobierno de Barkos es larga: lo del PAI, la abolición de la Ley de Símbolos, lo de las víctimas de ETA, el no-TAV, el no-Canal de Navarra, la imposición del euskera, la marginación de los castellanohablantes en las oposiciones … Uno y otra van a tratar de engatusarnos y seducirnos, tanto en cuanto a lo que han hecho en el Gobierno (intentando que lo olvidemos), como a lo que van a hacer: Sánchez no nos ha dicho las alianzas que hará él ni el PSN en Navarra, pero sus acuerdos con PNV y Bildu apuntan a que votar PSOE y PSN se traducirá en cesiones al empeño abertzale por dominar Navarra. Barkos ocultará la ikurriña y sus planes para llevar Navarra a Euskadi, y se envolverá sin pudor en la bandera roja.