Junto a Notre Dame de París

Víctor Manuel Arbeloa|

Publicado el 22/04/2019 a las 08:24

Uno era uno de esos muchos millones de europeos, a los que les saltaban las lágrimas al ver arder Notre Dame de París. Uno era uno de esos millones de europeos que había visitado la catedral gótica, casa de Dios, trasunto de la Jerusalén celestial, símbolo de la Cristiandad y de la Francia cristiana. Y más que de Napoleón y de Víctor Hugo, que también, se había acordado de los poetas Charles Peguy o Paul Claudel, que junto a esa columna, y mirando a esa Virgen María -la Dame medieval-, reencontró la luz de la fe para su vida.

Pero es mucho más importante la historia de Andrei, ese joven bieloruso de Minsk -no sé si ortodoxo o católico-, estudiante en París, que, al ver el humo del incendio, se acercó a la catedral y se encontró con un grupo de jóvenes de todos los colores, que rezaban, algunos de rodillas, y cantaban el Ave María en francés. Había también varones y mujeres adultos que lloraban como niños. Alguien leyó luego el evangelio de Juan (2, 13-25) sobre la expulsión de los mercaderes del templo y sobre las palabras de Jesús sobre su destrucción y reconstrucción. Rezaron después el Padre Nuestro, y a santa Genoveva, patrona de París, y la oración a María que había rezado Juan Pablo II en esa misma catedral, y un fragmento de Peguy sobre la Virgen. Y rezaron también por los bomberos.

Alguien les trajo agua y biscotes para repartir. Apareció una pareja joven con violines y acompañaron con música los cantos. No había nadie que dirigiera el grupo: todo era espontáneo y sincero. Subían las llamas hasta las estrellas que parecían rojas. Sonaban las campanas por todas partes.

Cuando, a las 23,10, alguien anunció que se había salvado la estructura del templo, algunos comenzaron a cantar “Nous te saluons /couronnée d´etoiles” (Salve, coronada de estrellas), y todos se unieron al coro. Hubo otros cantos a María, y al saber que se había salvado lo mejor que guardaba la catedral, todos entonaron el “Salve, Regina” y el “Je vous salue, Marie”.

El fuego era más débil. La gente empezó a marcharse. Andrei se dirigió con sus amigos al metro. Una periodista se le acercó para preguntarle por los cantos que les había oído cantar. En otra calle por la que pasaron había también gente cantando.

“Miles de personas -escribe Andrei en su perfil de Facebook- cantando por las calles durante horas. Era algo parecido a la revolución. Ahora pienso que la gente con la que estuve rezando no rezaba por el mero disgusto de la destrucción de una pieza esencial de nuestro patrimonio cultural; no lloraban solo porque ardía un símbolo de la nación francesa. La gente estaba allí rezando a Notre Dame, Nuestra Señora. Nadie había convocado a todos esos jóvenes, ni los curas ni los obispos. Fue un movimiento espontáneo, pero al mismo tiempo ordenado y respetuoso. Eran piedras de la iglesia real, una Iglesia joven y viva que se mostraba a sí misma. (…) Ahora veremos qué nos pedirá Dios en los próximos días que nos esperan para la Pascua”.

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora