El valioso patrimonio inmaterial
Publicado el 07/04/2019 a las 08:44
La primavera es pródiga en celebraciones marianas. Permítanme que comparta mi preferida. El domingo siguiente a San Marcos -25 de abril- Tafalla peregrina a Ujué. Lo hace desde el año 1043. Honran ese mismo día a la Virgen, Beire, Murillo el Fruto, Pitillas y Santacara. Antes lo hace Peralta, y después Olite, Carcastillo, Mélida, Figarol, San Martín de Unx, Eslava, Gallipienzo, Lerga, Aibar, Ayesa, Pueyo y Barasoain.
Esta romería -que en modo alguno pretendo descubrir- es uno de los tesoros incluidos en la inmensa herencia inmaterial que me dejó mi padre. Los madrugadores auroros parten silentes de la iglesia de Santa María en forma procesional. La oscuridad de la noche no impide vislumbrar tempranamente el destino, pues Ujué es una atalaya que corona la sierra que le da nombre.
Es bonito ver amanecer. El madrugador canto de los ruiseñores que anidan en las vaguadas actúa a modo de despertador de la naturaleza. Los entunicados dejan atrás San Martín de Unx, tras genuflexionarse ante el imponente Cristo que preside el altar de Santa María del Pópolo. En esta tierra que con tanto acierto combina misa y mesa, toca almorzar en el antiguo trazado de la carretera, acondicionado para la ocasión con postes a modo de banco.
De niño me impresionaban especialmente los penitentes que, descalzos y con el rostro cubierto, arrastraban pesadas cadenas. Me preguntaba cuáles podrían ser los terribles pecados a expiar con semejante sacrificio. En la Cruz del Saludo convergen los diferentes pueblos caminantes encabezados por crucifijos engalanados con coloristas y perfumadas flores entrelazadas con espigas ya granadas, que portan romeros de tez tostada y cuarteada por el sol bajo el que laboran. La peregrinos ascienden en fila, encapuchados y con la cruz al hombro, a una basílica que los recibe bandeando las campanas, “con gozo y amor”. Alcaldes y párrocos de Tafalla y Ujué intercambian varas de mando y capas pluviales. Tras saludar a la Virgen interpretando el ‘Regina Coeli’, es tiempo para perderse por las laberínticas calles y hacer acopio de pastas, miel, pan y de las afamadas almendras garrapiñadas. El fervor religioso alcanza su cúlmen en la misa de los auroros. Abarrotan el templo devotos venidos a postrarse a las plantas de la patrona de la Ribera y besar su medalla. En las gruesas paredes del atrio descansan las cruces negras con las iniciales de la familia. Se recuerda a los que, envueltos en una túnica devenida sudario, emprendieron su última peregrinación a un cielo en el que les espera su venerada Madre. Buscan acomodo en el santuario los mayores a quienes el mejor regalo que pueden ofrecer sus hijos o nietos es acercarlos a su Virgen. También los muetes que garantizan la continuidad de la milenaria romería. Resuenan los cánticos acompañados por los instrumentos de viento. El broche lo pone la vibrante jota a la Virgen morenica y galana.
Los más afortunados reponen fuerzas en algún refugio local. No lo son menos quienes disfrutan de unas costillicas asadas con sarmientos, cuya fragancia expande el viento que acostumbra a azotar Ujué. Llega la emotiva despedida. Al rezo del rosario siguen más cantos salpicados por entusiastas vítores a la Virgen que los romeros corean mientras abandonan la basílica de regreso a Tafalla, a donde arriban cansados pero dichosos, tras entonar la aurora a San Sebastián a su paso por San Martín. Vivimos en una tierra pródiga en tradiciones. Cada cual tendrá su particular Ujué. En este mundo crecientemente uniformizador hemos de afanarnos en conservar y transmitir nuestro rico patrimonio inmaterial, en buena parte religioso, pero también civil. De lo más valioso que puede legar a los suyos. Algo de lo que uno va tomando consciencia conforme arranca las hojas de ese calendario que es la vida.