Ha muerto un inocente

Juan López Asensio|

Actualizado el 28/01/2019 a las 15:17

Ya se puede hablar. Hace  días que Julen murió, pero el circo montado no,  aún sigue en pie, asentado en un plató excavado en las cuarcitas. Horas de televisión a espuertas, mesas con civiles, hasta uniformados, durante unos días en los que no se sabe qué incertidumbre podía caber, la que los medios y los responsables del sarao (con el  Delegado del Gobierno en Andalucía a la cabeza) han tenido a bien vender a una masa hipnotizada. Porque no existen los milagros, ni se puede romper el sentido de las cosas de un plumazo. Ni cabe una voz temblona para cantar Otelo, ni  ha sido nunca  solución la huida hacia adelante por terror al qué dirán. Quizá haya sido el miedo el atenazador de la razón; quizá la incompetencia de no se sabe quién, o quizá sí. Porque no hay derecho a tener a un pueblo y a un país, mucho menos a unos padres sucumbidos, con esa incertidumbre, estando claro que, pasado el momento inicial, las primeras horas, quizá algún día más,  no cabía la esperanza, conclusión que no era difícil colegir con mente fría,  como la del cirujano que se enfrenta a diario a una operación de vida o muerte, quien sabe que, de tener cabida la esperanza, se halla en un camino de riesgo y no en la prolongación artificial del latido del corazón. Tantas horas guiados por tanto periodista de salón no han servido para  disponer de un relato informativo medianamente completo, que para eso es el periodismo, para informar de los hechos sustanciales y así impedir el exceso, y ayudar a encontrar la solución (no a la vida de un  niño irremediablemente muertecito), que no es tanto la sobreabundancia de medios ni de palas excavadoras lo que hacía falta, con lo que solo han logrado mantener en vilo a unos padres que tenían derecho a saber que su niño estaba muerto, para no morir en vida más, y así emprender  cuanto antes el camino de regreso a la vida. Mantener esa esperanza a toda costa, no yendo directamente a por el niño,  solo ha servido para causarles dolor sobre dolor. No ha habido héroes en esta historia, que no engañen otra vez. Sí profesionales que han cumplido su función. Quizá tampoco ha habido villanos (sí una autoridad acobardada, y aves de rapiña, a montones) Pero ha habido torturados, porque es eso mantener en vilo y de esa forma a unos padres que aguardan angustiados oír el llanto de su hijo. Trece días, una eternidad. Dejemos descansar a los pobres. Que el circo se repliegue,  que Juan José Cortés desaparezca de esta escena (y no aparezca más en la pantalla),  que los mineros vuelvan a casa y los guardias al cuartel. Apaguemos la televisión y pensemos diez minutos. Que el tertuliano se fume un puro y el Delegado del Gobierno en Andalucía se refugie en su conciencia. Son deseos que no se cumplirán. Lo sé, debo ser  mucho  menos ambicioso. Por eso, me conformaré con desear,  a José y a Victoria, que encuentren algún día la esperanza y las ganas de vivir.

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