¡Hombre, es Navidad!
Publicado el 06/01/2019 a las 03:07
Domingo 30 de diciembre, tres menos cuarto de la tarde. Salgo de tomar el aperitivo con mis padres e hijos y acompaño a una amiga de mi madre a la parada de la villavesa en la calle Olite, junto a la Plaza Blanca de Navarra; 1ª parada del recorrido de la villavesa nº 8. Aunque ha hecho una mañana soleada, la ciudad está casi desierta a esa hora, como preludio del movimiento y jolgorio que probablemente habrá al día siguiente, cuando la gente despida el año. Miro la aplicación del móvil y veo que faltan cinco minutos para que llegue el autobús. Estamos a punto de entrar en la plaza. Se lo comunico a la amiga de mi madre que a partir de ahora llamaré X y ella muy educada me agradece que haya mirado el tiempo de llegada.Entrando nosotros en la plaza por la calle Olite, vemos llegar la villavesa; viene de frente y todavía tiene que dar la vuelta a la rotonda ajardinada. Aligeramos el paso y X me dice que cree que va a tener que correr un poco. Aunque desconozco su edad y no se la voy a preguntar, porque me parece de mala educación, sobrepasa los 70. Yo le digo que no se preocupe, que ya voy a ir yo también y recorro en una carrera los 100 metros que me separan de la marquesina antes de que los usuarios se hayan bajado del vehículo.No hay nadie en la parada esperando y al verme el conductor abre las puertas. Le pregunto si todavía va a tardar en salir. Me dice que no, que sale ya y que si la quiero coger que suba. Le explico la situación, X me pisa los talones, no puede estar muy lejos, pero no la veo porque tiene que doblar la esquina. Pero me dice que no, que si quiero subir que suba, que él se va ya. Y aquí viene mi reflexión: no es cuestión de que los conductores de villavesas sean unos bordes, que los habrá, pero que de normal son majos. Tampoco es culpa de la Mancomunidad que gestiona el servicio con sus normas y medidas de seguridad para que los horarios se cumplan. Ni siquiera es en esta ocasión cosa del Ayuntamiento, aunque quizás su plan de amabilización tendría que haber pasado antes por amabilizar a las personas y no a las calles. Hoy en día nos creemos que con una ley de protección del menor, de dependencia, de apoyo a las personas mayores y otras muchas con las que no les quiero aburrir más, tenemos solucionada la convivencia y luego, algo tan básico como el sentido común y la amabilidad, se nos escapa de las manos. De qué nos sirve tener una villavesa que es capaz de sacar una rampa para que pueda subir una silla de ruedas (que me parece estupendo), si no es capaz de esperar unos segundos a una señora mayor, un 30 de diciembre, domingo, a la hora en que casi todo el mundo está comiendo y el tráfico es casi inexistente y la villavesa va vacía y está de servicio.Por supuesto X llegó, a pasitos rápidos y la respiración agitada por la carrera, tres segundos después de que el señor “villavesero” arrancara su vehículo y se fuera. Mientras cerraba las puertas de la villavesa, no pude por menos que decirle: “¡Hombre, es Navidad!”