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Manuel Sarobe Oyarzun|

Publicado el 02/01/2019 a las 08:22

Los ojeadores que apostaron por Joseba Asiron Sáez como candidato de Bildu a la alcaldía de Pamplona pueden estar satisfechos, pues el elegido ha seguido al pie de la letra el manual del perfecto aberchándal. Recapitulemos. Alfombra roja a los eusko okupas. Ese intento infantil de arrinconar los símbolos del Estado en el Salón de Plenos al que dedicó media legislatura por haberse perdido de ‘txiki’ el episodio de Barrio Sésamo en el que Epi y Blas explicaron qué significa ‘lugar preferente’, lo cual le valió un zasca del juez. Desprecio a las víctimas del terrorismo, cuya exposición en la Ciudadela prohibió, infringiendo la ley, y al Ejército, excluyéndolo del callejero. Imposición de la ikurriña, un clásico por el que fue penado en pleitos cuyas costas no tuvo el menor reparo en cargar a la ciudad. También izó la bandera republicana; otra condena, más costas. Cesión -declarada asimismo ilegal- de espacios municipales -Antzara y Redín Cruzat- a ‘eusko kolegas’. Su vergonzante posición frente al terrorismo, con ese discurso tramposo que dice rechazar todas las violencias, pero que siempre encuentra un pretexto para no repudiar la de ETA, convirtiéndose así -junto con los Araiz, Ramírez y Ruiz- en guardián del horror. Exención de tasas por la ocupación de la vía pública a entidades afines. Permisividad con la cartelería proetarra en las fiestas de los barrios y con los homenajes a terroristas. Connivencia con la turba que cada 7 de julio le vitorea en la calle Curia mientras insulta, amenaza y escupe al resto de la Corporación. Euskera a martillazos, lo que le valió otras tantas reprimendas en los tribunales al hilo del cambio de modelo lingüístico en las escuelas infantiles. Su sobreactuación contra la violencia de género, salvo cuando las víctimas son novias de guardias civiles, en cuyo caso lo que procede es apoyar a los agresores. Su valiente querella contra un dictador que lleva 40 años muerto, archivada por los juzgados. Esa patológica aversión a todo lo religioso que le lleva a almorzar mientras Pamplona honra a San Fermín. El indisimulado deseo de volar el Monumento a los Caídos, lugar óptimo para una biblioteca que difunda la lectura de la novela ‘Patria’. Su apoyo al golpismo catalán. Incluso la adopción de esa estética batasuna con la que lo mismo se preside un pleno que se va a por setas a la Ulzama...

Luego está la gestión. Asiron será recordado por dos grandes chapuzas. La primera, aislar el Casco Viejo del resto de la ciudad, lo cual, además de complicar enormemente la vida a sus vecinos, ha hundido su comercio, pues nadie va donde no es bien recibido. Y no me refiero con ello a los sufridos comerciantes. Ha degradado lo Viejo reduciéndolo a una inmensa barra de bar. A ello se añade el fiasco de la Avenida Pío XII: dilapidar una fortuna para convertir una vía por la que se circulaba fluidamente en una ratonera. Es, créanme, la peor actuación urbanística de la historia reciente de Pamplona.

Joseba es probablemente una compañía más divertida que Maya para merendar en el tendido de sol. Un profesor que disertará apasionadamente a sus alumnos sobre Catalina de Foix. Pero también un alcalde que ha gobernado en exclusiva para su exigua parroquia, despreciando olímpicamente la opinión de los vecinos afectados por sus ocurrencias. Un mandatario que ha tenido un problema para cada solución. Urge pues sustituirlo -junto con los técnicos y letrados municipales cómplices de sus pifias- por cualquier otro capaz de abrir las puertas del Ayuntamiento a la decencia moral, la pluralidad social, la participación ciudadana y la gestión con cabeza. Y es que en esta vida todos hemos de saber dónde está nuestro sitio. Recordémoselo en mayo.

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