En el aniversario de Francisco Berlanga
Publicado el 31/12/2018 a las 08:43
El 27 de diciembre de 1978, en una sesión solemne de las Cortes, el Rey sancionó la Constitución. Dos días después, el presidente Suárez disolvió esas Cortes y convocó elecciones generales para el 1 de marzo de 1979. Así concluyó un año, que estuvo marcado por la elaboración de la Carta Magna, en el que la organización terrorista ETA asesinó a un total de 65 personas, dos de ellas en Navarra. No habían transcurrido ni 35 horas de 1979 cuando una potente explosión alarmó a Pamplona. Sucedió en la plaza del Castillo, Nº. 24. Allá, ETA colocó un artefacto en la puerta de una inmobiliaria que, al ir a ser desactivado por el artificiero Francisco Berlanga (malagueño, de 26 años, casado y con tres hijos) explosionó, seccionándole las dos manos y una pierna. Cuando todavía estaba tendido en el suelo con vida, un policía foral reconoció entre la gente que se había congregado alrededor a un sacerdote de su parroquia, que iba vestido de paisano, y le gritó, para que acudiera a darle los últimos sacramentos: “¡Usted es cura …!”. El sacerdote ya no estaba a su vista. Poco después el policía se lo encontró en la avenida de Carlos III y se acercó a él para decirle: “Como cristiano le doy las ‘gracias’ por su comportamiento…”. A lo que el sacerdote le respondió: “¿Pero es que usted cree todavía en brujerías y tonterías como ésa…?”.
Francisco Berlanga se convirtió en la primera víctima mortal de ETA de 1979 y ese atentado fue el primero de una serie continuada de crímenes que dejó nueve muertos en once días. En total, ese año la banda terrorista asesinaría a 77 personas en España, de ellas, cuatro, en Navarra, en donde cometió 42 acciones violentas.
De poco habían servido las dos amnistías concedidas en 1977, con las que el Gobierno Suárez decía que, organizando un sistema democrático, iba a lograr que ETA desapareciera. De nada sirvió que, en enero de 1978, se concediera al País Vasco un régimen preautonómico, que se aprobara la Constitución y, ya en 1979, el Estatuto de autonomía. De nada sirvió que, en 1980, se celebraran elecciones autonómicas, de las que salió un Parlamento vasco y un gobierno vasco. Como inútil fue que se recuperaran los conciertos económicos de Guipúzcoa y de Vizcaya, que se creara la Policía autónoma vasca, que las Juntas Generales y las Diputaciones Forales se eligieran democráticamente, que se creara una Audiencia Territorial y una Universidad en el País Vasco, que se reconociera el carácter oficial del euskera, etc. Nada fue suficiente para que ETA dejara de actuar porque, aunque el senador nacionalista Julio Jáuregui Lasanta había dicho durante el debate del Estatuto vasco en el Senado que: “El día que se forme el Gobierno Vasco y se forme el Parlamento autónomo podrán ponernos a ETA en el “debe” de los vascos; antes no. En 1936 voté un Estatuto nacido de la guerra y para la guerra. Hoy, como senador, voy a votar con la convicción de que voto por un Estatuto para la paz y para siempre”, en 1980, cuando el País Vasco ya había logrado las máximas cotas de autogobierno, ETA asesinó a 127 personas e hirió a 40, y realizó 154 explosiones de artefactos, 41 secuestros y otros 13 intentos fallidos, y más de 250 incendios provocados. Y así continuó hasta 2010, con un siniestro balance total de 855 muertos, 3.571 acciones terroristas y 4.500 acciones de ‘Kale Borroka’.
Los tres asesinos de Francisco Berlanga fueron condenados por la Audiencia Nacional, en 1982, a 21 años de prisión. Por lo que hace ya años que están en libertad. Uno de ellos, en 2012, acudió al Parlamento de Navarra para hablar de la situación de los “presos vascos”, pero se olvidó de la de la viuda y de los tres huérfanos a los que ella había destrozado. Desde entonces han pasado seis años y seguimos igual, pues en el paseo de Sarasate, cerca de donde murió Francisco Berlanga, en estas Navidades, ‘Sare’ ha recreado la celda de una prisión en la que cumplen condena asesinos como los de Berlanga para “socializar la conculcación de los derechos humanos que sufren las y los presos vascos de Nafarroa” pero, una vez más, se ha vuelto a olvidar de las víctimas de esos presos.