La vía eslovena
Publicado el 13/12/2018 a las 09:07
Fue en el año 1997, en fechas como ahora, cercanas a Navidad. Hacía un mes que mi unidad desplegaba en Móstar (Bosnia-Herzegovina), donde los desastres de la guerra estaban recientes y las heridas aún supuraban fácilmente. Estábamos allí para vigilar el cumplimiento de los acuerdos de paz que lograron el alto el fuego y pusieron fin a una guerra que acabó con Yugoeslavia y con la vida de unas 150.000 personas. Una mañana recibimos la orden proteger la exhumación y entrega a sus familiares de unos 60 cadáveres de soldados caídos en combate alrededor de la ciudad. Los cuerpos de aquellos jóvenes llevaban más de dos años enterrados en fosas, envueltos en plásticos y con las ropas que vestían al morir. Allí vimos a padres, viudas y hermanos tratando de identificar a los suyos, después de limpiar de su rostro la tierra y la mortaja. Y aguantando como podían las náuseas y el dolor. Cualquiera puede imaginarse la dureza de la escena. Se desenterraron prácticamente el mismo número de muertos que hubo en Eslovenia, donde, a pesar de ser una república diferente, se había librado la misma guerra.
Los 63 muertos y más de 300 heridos que hubo allí, bien podían haber sido muchos miles, pues una vez comenzada una guerra, nadie sabe cuántos muertos costará. Cómo siento que aquella cruda mañana en los montes de Mostar no estuviera presente un tal Torra, quien defiende la “vía eslovena” para Cataluña, y que viera de cerca el rostro de los muertos; aunque no fueran los suyos.