Querido maestro
Actualizado el 28/11/2018 a las 09:08
Cualquiera diría que el título evoca aquella nostálgica serie de finales de los noventa protagonizada por un joven Imanol Arias. Podría ser, pero no es. Se trata, más bien, de un pequeño homenaje a esos grandes maestros que nos acompañaron, nos acompañan y seguirán acompañando el resto de nuestras vidas. Su labor nunca se redujo a la actividad propia de una escuela. Sus enseñanzas se convirtieron en principio y destino. Ellos nos enseñaron que "todos necesitamos alguna vez un cómplice, alguien que nos ayude a usar el corazón. Que nos espere ufano en los viejos desvanes, que desnude el pasado y desarme el dolor". Así como Benedetti, se convirtieron en refugio y trinchera para algunos... droga y antídoto para otros. Referentes de vida, no dudaron en creer en nosotros, aun cuando ni el restaurador del Vaticano sería capaz de juntar todos los trozos. Dicen que todo empieza y acaba en la familia pero esa maestra que jamás se conformó con aprobar o suspender, fue la que hoy continúa dibujando una leve sonrisa entre mis comisuras. Aún fiel a su promesa de no dejar de escribir, casi sin quererlo, aquella promesa se convirtió en carro de combate no solo durante la infancia, si no también en la edad adulta. Y aprendí que somos más de un noventa por ciento de los demás. Aprendí lo hermoso que es llegar al mismo sitio por distintos caminos. Aprendí que lo mío es tuyo… como lo tuyo mío. Aprendí a ejercer con patente de corso. Aprendí a que estar a la altura… tiene más de percepción que realidad. Aprendí a recibir gratitud… y más difícil aún… a aceptarla. Aprendí que el destino a veces comparte mensajes. Aprendí a redescubrir ”quién me ha robado el mes de abril“… y que duele en el corazón. Aprendí a seguir a Hamlet ”siendo fiel a uno mismo, seguirá, como la noche al día, que no podrás ser entonces falso para nadie“. Aprendí a leer entre líneas… y a mantener la ilusión, a pesar de casi todo. Aprendí que la inspiración más grande procede de los más pequeños. Aprendí que la familia es lo único no intercambiable. Aprendí que se pueden echar raíces en macetas diferentes. Aprendí a ”hacer pensar“… y, sobre todo, a compartirlo. Aprendí a ser casi inmancisible, aunque sea a días… y a ser sol aún cuando la vida está nublada. Aprendí a decirte que ” me aportas “… y a aceptar que sea recíproco. Aprendí que nunca es tarde para nada… y que ”nadie muere la víspera“, porque todo tiene su momento. Aprendí que ser ”humanista“ es más funcional que ser ”humano“, a secas… y a que ”cortando huevos se aprende a capar“. Aprendí a interiorizar ”mantras“ con sonrisas… y hasta a tener alas. Aprendí que hay personas que trabajan con convicción y hacen que las cosas funcionen. Aprendí que el afecto relaciona a las personas, como la poesía de Celaya. Aprendí que se puede ser dueño y señor de tu destino. Aprendí a cultivar ”la isla de las flores“, aquí y ahora. Contigo aprendí a ”ver” la vida con zapatos nuevos… y a ”proteger” los viejos. Todo eso y mucho más… contigo aprendí.