Va para Gemma, viuda inesperada (2)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 01/11/2018 a las 08:55

   (Sigue.)    Durante ese primer diálogo (duraría menos de un minuto) te dije que tanto tú como vuestros hijos, Borja y Pablo, debíais estar orgullosos de José Félix; a su misa de funeral acudieron muchas personas. E insisto en lo que apunté antes: nunca vi la iglesia parroquial de San Pedro tan abarrotada. En el exterior (me consta porque lo pude ver con mis propios ojos) había mucha gente que o no pudo o no quiso (ignoro las razones) acceder. Este hecho vino a corroborar o ratificar lo que se lee en el Evangelio de Mateo (Mt. 7, 15-20): “Por sus obras los conoceréis”; y en el de Lucas (Lc. 6, 43-44): “Por sus frutos los conoceréis”. El hombre (hembra o varón) no es lo que piensa (bueno, regular o malo), ni es lo que dice (sea esto lo que de verdad ha ideado o una patraña); el hombre es lo que hace (y, si hace reír, como tantas veces me hizo reír a mandíbula batiente José Félix, hasta llorar lágrimas dulces, es normal que con las tristes nueva y constatación de su óbito, servidor y cuantos le debemos días ganados —porque, como dijo Charles Chaplin, “Charlot”, un día sin reír es un día perdido— lloráramos lágrimas amargas. Yo suelo argumentar que nuestras obras son nuestro mejor autorretrato (sea este físico o moral, prosopografía o etopeya), y poner como ejemplo de la tesis precedente el sucinto relato que compuso Jorge Luis Borges y colocó como magnífico colofón para “El hacedor” (1960): “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”.      

Durante el segundo diálogo (básicamente, de despedida), te adelanté que te esperaban días complicados y difíciles. Y te exhorté a que te rearmaras de ánimo, moral y paciencia, porque los bajones suelen llegar sin previo aviso. Para esos inoportunos momentos, te hago saber lo que a mí me resulta y/o sirve. Aunque a quien me escucha con atención suelo confesarle que soy un ateo convencido, tantos años entre curas (atesoro un montón o sinfín de recuerdos gratísimos y útiles de mi experiencia con los Padres Camilos) han dejado en mí una estela, huella o muesca acaso indeleble. Porque es apodíctico lo que voy a contarte. En los momentos de angustia, de miedo cerval, de pánico, recordar los nueve primeros versos pentasílabos de una oración o poema que Santa Teresa de Jesús escribió y mandó a su hermano, enfermo, que, por aquellas fechas, estaba en el continente americano (si no marro en lo que narro), si no la/o borran del todo, la/o atenúan o mitigan por ensalmo: “Nada te turbe, / Nada te espante, / Todo se pasa, / Dios no se muda. / La paciencia (con diéresis) / Todo lo alcanza; / Quien a Dios tiene / Nada le falta. / Solo Dios basta...”.    

(Continúa.)

Etiquetas:

    Continuar

    Gracias por elegir Diario de Navarra

    Parece que en el navegador.

    Con el fin de fomentar un periodismo de calidad e independiente, para poder seguir disfrutando del mejor contenido y asegurar que la página funciona correctamente.

    Si quieres ver reducido el impacto de la publicidad puedes suscribirte a la edición digital con acceso a todas las ventajas exclusivas de los suscriptores.

    Suscríbete ahora