Va para Gemma, viuda inesperada (1)

Ángel Sáez García|

Actualizado el 01/11/2018 a las 08:52

Apenada y querida Gemma, viuda inopinada de mi difunto primo José Félix:    

Aunque esta epístola ve la luz hoy, jueves, primer día de noviembre, festividad de Todos los Santos, aquí, en mi bitácora, anhelo que sepas que la urdí el viernes, 12 de octubre, Día de la Hispanidad y de Nuestra Señora del Pilar, nombre de pila que tanto me gusta proferir (y no lo digo, que podría hacerlo, por mi hermana, con quien hablo a diario por teléfono, a quien adoro y llamo, desde que nació, “Nena” —confieso que acostumbro a llamarla también con guasa “Pilón”, pero sin llegar a tirarla al susodicho—, como mis seres más allegados saben, sino por la mejor mujer —que nadie se moleste, porque acepto discrepancias o disidencias— que he conocido en mis cincuenta y seis años de existencia, aunque en este punto acaso me haya ocurrido lo que es habitual que me pase sin que me pese, que me haya extralimitado o pasado siete pueblos por culpa del agua del Ebro, que, como he reconocido otras veces, no bebo, pero me lava y es la que me empuja a exagerar, a echar mano de la hipérbole, a la hora de dar mis opiniones) últimamente.

De los dos breves momentos en los que pude cruzar palabras contigo durante el sábado pasado, 6 de octubre, en el camposanto de Cornago, tras la misa de funeral (nunca vi tan llena la iglesia parroquial de San Pedro, ni siquiera durante la festividad de la patrona de la villa, la Virgen de la Soledad ), en el primero te quejaste con razón de que la muerte de José Félix había sido injusta, por prematura.

Tu marido no había celebrado ni siquiera los cincuenta y cinco años, que hubiera cumplido, en el caso de haber seguido vivo, el próximo domingo, cuatro de noviembre, cuando hoy son legión las/os que finan sus días tres décadas después, siendo muchas/os nonagenarias/os. Como sabes, fue el poeta metafísico inglés John Donne quien verseó que la muerte de todo hombre nos disminuye porque nadie es una isla en sí mismo. En el semblante de mi finado y piadoso padre pude comprobar que, si es duro velar el cadáver de un esposo o de un hermano, aún lo es más perder (por accidente o enfermedad) a un hijo, porque lo lógico es que el hijo entierre al padre, no el progenitor a su retoño.

(Continúa.)

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