¿Dónde estamos?

Víctor Luri Luri Martín|

Publicado el 09/10/2018 a las 17:45

Si con una palabra tuviera que definir la doctrina intelectual que impera en la sociedad actual esta sería “mediocre”. Así es, vivimos imbuidos (pues pocos son los que escapan de tal enfermedad) en lo que gusto en llamar “la mediocridad intelectual”, una suerte de regla social bajo la cual quien no rebuzna al son de la reata o quien osa relinchar siquiera tímidamente, es denostado públicamente y censurado sin piedad. Estando en clase se debatió un día la cuestión catalana. Más en concreto, la discusión se centró en la actuación del gobierno el uno de octubre de 2017. Cuando todos los impávidos legionarios habían soltado su pueril perorata me dispuse a llevarles gustosamente la contraria. Me limité a decir que no estaba de acuerdo con la actuación que el gobierno había llevado a cabo. Señalé que el mismo no tenía legitimidad moral para hacer tal cosa y que el fin no justifica los medios. Argumentos todos ellos manidos pero suficientes para manejarme en el nivel del debate. Tras ello, una compañera se giró y me dijo “¿Cómo puedes defender una ilegalidad habiendo estudiado derecho?”, a lo que yo contesté que “la moral está por encima del derecho”. Me equivoqué, lo que tenía que haber dicho es que el derecho no es más que la plasmación parcial de la moral de una sociedad concreta en un momento histórico concreto, y que por lo tanto la una y el otro son susceptibles de cambio y pueden ser discutidas. En otras palabras, defender la unidad de España es algo importante, pero si para ello es necesario pegarle un porrazo a la vecina del quinto, quizás debamos replantearnos qué tipo de españoles queremos ser y en qué España queremos vivir. Lo que se encuentra detrás del vocerío de algunos alumnos de la clase no es más que el deseo de suplantar la realidad por lo abstractamente deseable. Pero, como escribe Ortega y Gasset, “no basta que algo sea deseable para que sea realizable, y, lo que es aún más importante, no basta que una cosa se nos antoje deseable para que lo sea en verdad”. Es decir, las cosas son como son, no como queramos que sean. Hay mucha gente que teme la realidad, y por eso tiende a negarla o a justificar el uso de la violencia para tratar de socavarla. Se equivocan, la violencia nunca solucionó problemas de este tipo. Volviendo con la metáfora de los animales, he de señalar que, como ocurre con las reses, esta gente que justifica la violencia para salvaguardar sus intereses o los intereses de sus progenitores, suelen anudarse banderitas rojigualdas estimando que ello les hace más o mejores españoles. De nuevo, se equivocan. Yo soy español, y como tal, no necesito un trozo de tela que me recuerde constantemente cuales son mis ideas, mis convicciones morales y mis pasiones. Son quizás aquellos que la llevan los que deberían preguntarse si realmente se sienten españoles y aman a España o si en lugar de ello se sienten superiores y aman una realidad que no es tal. A España la queremos unida, pero la amamos por su diversidad. Fin de la cita.

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