Gobiernos bonitos

Rafael Berro Úriz|

Publicado el 05/10/2018 a las 08:52

Alguien poco amigo de Pedro Sánchez llamó a su Gobierno “Gobierno bonito” y el nombre tuvo éxito. Sánchez sería así el Presidente bonito. Él, por su parte, cegado quizás por su vanidad satisfecha, no vio la torcida intención del piropo y ejerció y posó de bonito con sus gafas de sol en el avión, entrando bonito de la mano de Begoña al concierto de los Killers, corriendo, haciendo estiramientos y acompañado de su perrita en la Moncloa, caminando/desfilando guapamente por Nueva York seguido de un nube de guardaespaldas. Se ve que el exhibicionismo de su yo bonito, el postureo y el autobombo no disminuyen a pesar de los tropiezos gubernamentales, las rectificaciones, las taras y dimisiones de ministros, la baja calidad de su tesis, los plagios, la falsificación del porcentaje de los plagios …


El calificativo de “bonito” es malévolo por el precedente que hay de él en la historia de España. Hubo ya antes que Sánchez otro bonito en el Gobierno, Serrano, “el general bonito”. Bonito para Isabel II (le concedió sus favores). Destacó por su enorme ambición y escasos principios, pues cambió de bando según las circunstancias con el fin de ocupar el poder. Nuestro bonito Sánchez se parece al bonito Serrano en ambición, oportunismo, y falta de principios y escrúpulos. Para ocupar el poder ha pactado con los que quieren destruir el país del que quiere ser y es presidente. Lo firme y sólido en él es el deseo de poder, de imponerse. Por encima de todo. Quedó ya claro en su enfrentamiento con los barones del PSOE que lo defenestraron. Y su Gobierno bonito destaca también por la improvisación oportunista: sin el menor problema puede decir o proponer un día una cosa y al siguiente lo contrario (inmigración, defensa del juez Llarena, diesel, impuestos a la banca, bombas a Arabia Saudí, sindicato de prostitutas ...).


El calificativo es malintencionado también porque, siendo tres los que suelen ir juntos (“bueno, bonito y barato”), el llamarle sólo “bonito” implica que no es ni bueno ni barato. Efectivamente barato no va a salirnos, pues está empeñado en aumentar aún más la deuda del Estado y en subir impuestos, y sus pactos con Podemos y con los independentistas pueden acabar saliendo muy caros a España. Tampoco es bueno: ministros cesados o que deberían serlo, improvisaciones con frecuencia sustituidas por nuevas improvisaciones, intento de amordazar al Senado, amenazas a la libertad de expresión, ocupación totalitaria de la televisión pública … Es de temer que cuando acaben las andanzas del bonito resulte que quede por debajo de Zapatero.


Las peripecias del Gobierno bonito le traen a uno a la cabeza el Gobierno de Barkos, por lo de la enorme ambición, la vanidad y el autobombo, y aunque no se le llamó “bonito”, empezó también presumiendo y posando de bonito: fue el postureo del cambio bonito que acababa con el “Régimen” feo y caciquil. Sin embargo, hoy sólo algún político de tercera del cuatripartito, de los que no tienen una sola idea personal y recitan mecánicamente los mantras políticos, se pone en ridículo repitiendo lo del cambio y el Régimen. Como no es válido descalificar sin dar argumentos, no vamos a hacerlo (falta espacio). Pero cualquiera puede recordar fácilmente muchos ejemplos de lo malo, feo y caro que nos ha salido el Gobierno de Barkos, de lo ineficaz, lo obsesivamente identitario y sectario que es, de los impuestos, de la fea declaración de pobreza de la Presidenta (¿no hay un periodista de investigación capaz de explicar ese misterio?), las feas dietas, el feo Davalor...

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