La nación española
Publicado el 28/08/2018 a las 08:38
Gabriel Araceli, ya muy viejo, recordó, nostálgico, el episodio mayor de su mocedad. Fue poco antes de la famosa batalla de Trafalgar. Miró los colores rojos y gualdas de las banderas nacionales, “los colores combinados que mejor representan el fuego”. Sintió que su pecho se ensanchaba. Se acordó de Cádiz, donde nació, y de Vejer de la Frontera, donde sirvió; de todos los españoles, a quienes imaginaba asomados a una gran azotea, contemplándolos a ellos, los soldados de España, con ansiedad. Lo cuenta Benito Pérez Galdós en su primer 'episodio nacional', titulado como el cabo gaditano, donde se libró en 1805 la batalla franco-española contra los ingleses del almirante Nelson. Y, por primera vez, descubrió Gabriel el significado de la nación española, de su verdadera patria (versión personal y afectiva). Desde entonces para él patria ya no fue el conjunto de los gobernantes, ni su pertenencia a la casta de “los matadores de moros”: -“Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos. Me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender. Me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor; la casa donde vivían sus ancianos padres; el huerto donde jugaban sus hijos; la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes; el puerto, donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje; el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia, sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos, y arca de sus creencias; la plaza, recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles, trasmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ve desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo. Todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales. Todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara”. Por la transcripción.