San Isidro Labrador en Mélida
Publicado el 17/06/2018 a las 09:36
No estuvimos muchos, porque tampoco Mélida tiene hoy tantos habitantes. Pero el 15 de mayo, en nuestra parroquia de Santa María o La Asunción, yo creo que estuvieron la mayoría de los melideses que viven del campo, con otros que no lo somos. Todos celebrando la santa misa y procesión en honor y honra de San Isidro Labrador; en una nueva y sobrada muestra de que los melideses sí amamos la fiesta que, desde luego, también sabemos rendir culto sin complejo alguno a nuestras creencias. Y, si así ahora, así siempre, y lo recuerdo bien. En un recuerdo de cuando siendo muy pequeño, hará de 60 a 65 años, asistía con mis padres y abuelos Anastasia y Matías -y, a veces, hasta con el hermano de mi madre, mi tío Pedro y toda su familia (dicho sea de paso, grandes personas todos ellos)-, a la celebración en nuestra parroquia de ese día de San Isidro Labrador, al que veneraban y honraban como un auténtico patrón. Aunque de él solo supieran lo que los sacerdotes del pueblo, Ricardo o Ramón, contaban en la homilía, muy poco para lo que fue el Santo. Un madrileño nacido en el siglo XI, casado y con un hijo, jornalero y labrador que, llevado a los altares en el siglo XVI como primer laico que lo hacía, fue declarado en 1960 por el Papa Juan XXIII mediante Bula como Santo Patrón de los agricultores españoles. Hombre sencillo y bienhechor de pobres a su vez, si su festividad se celebra el 15 de mayo de cada año lo es -dicen las fuentes- “por ser el día en el que su cuerpo incorrupto se trasladó a la iglesia de San Andrés en Madrid”. Aunque sus restos descansan en un arca mortuoria en el Altar Mayor de la colegiata de San Isidro de la misma Madrid, que yo conozco. Los milagros de San Isidro se pueden dividir -dicen sus biógrafos- en tres grupos temáticos: los realizados con objeto de afianzar el culto, los pluviales (para, por ejemplo, obtener mediante rogativas lluvia en primavera) y las curaciones milagrosas. Sus milagros conocidos son los del molino, el de los bueyes, el del lobo, el de la olla y el de la cofradía. Todos, pues, muy comunes y fáciles de seguir y entender. Así que San Isidro un Santo desde luego pero, al tiempo, un hombre sencillo y humilde, y buen trabajador cuya conducta y comportamientos a todos debiera servirnos de ejemplo. Su biografía lo acredita.