El recorrido de San Miguel de Aralar
Actualizado el 05/04/2018 a las 08:23
La imagen ya empezó su viaje por muchos sitios de la montaña de Navarra y de la Cuenca de Pamplona. Este año parece que ha tenido que iniciarlo no encaramado sobre un astil, sino más humildemente, metido en una vulgar mochila montañera porque los caminos en la Sierra estaban estropeados tras las incesantes lluvias y nieves. Durante siglos su porteador se movía a pie o montado en caballería, hasta que hace unos cuarenta años tuvo que hacer lo que todo el mundo: subirse a un coche, con lo que la estampa perdió en gracia y en casticismo pero se ganó en comodidad y rapidez. Nicolás Ardanaz hizo una de sus más logradas fotografías con el Ángel en alto recortado contra un cielo nuboso, el propio de la estación, con el pequeño puente de Orkoyen en primer plano y al fondo en lo alto el pueblo, captando así una conseguida estampa de la religiosidad navarra tradicional. San Miguel pasará por pueblos, valles y cendeas asegurando, según sus devotos, cosechas para junio, librándolas de pedriscos y tormentas desde sus alturas de Aralar.
Y el día 9, el próximo lunes, entrará en Pamplona porque está mandado que lo haga precisamente el lunes siguiente a la Domínica in Albis. O, en otras palabras, al día siguiente del primer domingo después del de la Resurección. Cosas del calendario litúrgico y de la tradición inmutable que siempre acompaña a estas cosas. Y no podrá entrar por cualquier sitio: deberá hacerlo por el Portal de La Taconera, el que siempre se reservó a lo largo de los siglos para recibir a las visitas más importantes, como fueron obispos, virreyes y nuncios… y también al Duque de Alba, cuando un Día de Santiago de 1512 se le tuvo que dar entrada dando fin a la independencia del pequeño Reyno para melancolía, rabia o satisfacción de unos u otros. Y la tradición manda que ese día llueva, aunque no es la más segura, tal vez porque a San Miguel, santo acostumbrado a los frentes acuosos procedentes del Cantábrico, le sienta mejor el agua fresca que se desliza por su imagen, que brillando al sol. Y a pesar de la probable lluvia, la tradición exige también que se haga una parada en el Bosquecillo para desgranar una oración, -no sé si ahora sigue haciéndose en latín, como se debiera-, por las almas de unos desgraciados que entraron en su santuario y robaron su imagen, perdiendo la vida ahorcados, con las manos derechas expuestas y clavadas en un árbol junto al lugar donde cometieron el delito. Esto fue en 1689 y en 1798. Otro ladrón de muy altos vuelos, no hace muchos años, robó el maravilloso Retablo de Esmaltes pero, cosas de la justicia de los nuevos tiempos, morirá presumiblemente en la cama sin que le alcance la plegaria que le sacaría de su merecido infierno.
Daniel Bidaurreta Olza