Día del Padre
Publicado el 13/03/2018 a las 17:51
Tenía 4 años, cuando me perdí en la playa. Todo un clásico. Domingo de agosto, en una playa abarrotada del norte. Después de jugar en la orilla miré a mi zona de seguridad, mi querida sombrilla amarilla, y nada, que no está. Miro donde estaban mis amigos y tampoco están, vuelvo a mirar la sombrilla, nada. ALARMA. -Ha pasado eso que tanto te han avisado los mayores, te has perdido, y tienes que salir de esta, pensé. Localicé el puesto de socorro, “la Ballena”. Empezaba a cundirme el pánico, no pensaba con claridad, pero lo hice, y pedí ayuda. Estaba bien adiestrado. Intentando controlar el temblor de la barbilla, que ya era mayor, me planté ante una socorrista gigante, que me miró de arriba abajo y me soltó, -salut mon ami, qu'est ce que tu veux?. ¿Qué?. No contaba con ese factor sorpresa. Estaba en Francia pasando el día y la socorrista hablaba una lengua desconocida. Ya está, adiós. Había que asumirlo. Me tendría que quedar a vivir ahí. Adiós a los bocadillos de nocilla de la abuela. Todo indicaba que esa sería mi nueva madre, y el puesto de socorro mi nuevo hogar, que remedio. Tras terminar la frase la socorrista, la barbilla empezó a temblarme de forma incontrolable y las lágrimas empezaron a brotar como nunca antes. Una imagen dantesca.De pronto, mi nueva madre me preguntó en un español afrancesado mi nombre, y qué me pasaba. Salvación. Tenía una oportunidad. Le conté el drama vivido, y que me llamaba Miguel. En cuanto a mi apellido, ni me acordaba. Los nervios del momento supongo. Además, qué clase de pregunta es esa. Tenía todo un grupo de amigos y ninguno tenía apellido. Supuse que eso de preguntar el apellido sería algo normal en Francia…Acto seguido, mi nueva madre, cogió el micrófono de “la ballena”, subió el volumen para que toda la playa lo oyera y lo hizo: -ATENCIÓN, ATENCIÓN, se ha pegrdido un niño que se llama Miguel y que no se acuegrda de su apellido, rgogamos a sus padrges que pasen a rgecogerle”.Los segundos parecían horas. Pensé si habría en el mundo más gente con mi nombre, pero dado que todos los Migueles que conocía eran de mi familia lo descarté. De pronto ocurrió. A lo lejos lo vi. Mi padre. Venía con varios amigos que parecían reírse sin motivo. Salvación. Tan pronto los vi, salí como alma que lleva el diablo. Con mi medio metro de altura y como si fuera la final de los 100 metros lisos, alcancé a mi padre dando un salto a sus brazos digno del mejor atleta.Fui el héroe de la playa. Me había perdido y mi padre me había rescatado. El resto del día tuve barra libre de patatas fritas y de la bebida prohibida, Coca-Cola. Conté la experiencia vivida mil veces ante círculos de niños desconocidos que me miraban absortos, pues había vivido la profecía con la que tanto nos amenazaban los mayores, y había sobrevivido para contarlo.Me dejé querer, lo reconozco, y siempre terminé de contar la aventura asegurando que, además, ni había llorado.A todos los padres, qué siempre valdrán más que cien maestros.Feliz día del Padre.