8M: el día del hartazgo
Actualizado el 09/03/2018 a las 15:21
El mismo día que supieron el sexo de su bebé, interpretaron sus pataditas como gráciles saltos de bailarina. Nueve meses después nacía una princesita a la que arrullar recordándole lo bonita y delicada que era. Tenía un mundo por descubrir: rosa, poblado de muñecas, cochecitos de bebés y cuentos que le recordarían una y otra vez que algún día un príncipe azul vendría a rescatarla. En la escuela le esperaba la faldita del uniforme y en las extraescolares la clase de ballet. Según fue desarrollándose su cuerpo empezó a recibir mensajes sobre la importancia de su físico y llegaron los complejos. La publicidad se encargó del resto. Maduró sintiéndose culpable por sus triunfos amorosos. Cuestionada por su actitud o ropa tras recibir tocamientos no deseados. Asqueada con la idea de ser un cebo en las discotecas. Frustrada por costarle más que a sus compañeros encontrar trabajo. Cansada al tener que compatibilizarlo con el cuidado de sus hijos primero y de sus padres después. Ninguneada en el lenguaje. Ofendida con los chistes machistas. Humillada con comentarios sobre su conducción. Dolida con tener que depilarse. Sorprendida con tener que ocultar que sus pezones en invierno reaccionaban igual que los de sus compañeros. Insultada por amamantar a sus hijos en un parque. Ridiculizada por criticar la brecha salarial. Maltratada por los que banalizaban la desigualdad y la vendían como un derecho de serie. Agradecida con los que se encararon a sus privilegios y a las implicaciones de estos. Asustada al volver a casa sola. Radicalizada cada vez que tuvo que salir a gritar que el machismo mata. El paradigma de género no debería existir, es odioso, pero existe. Ojalá el 8M se pudiera celebrar el día en el que todas las personas dijeron basta a las desigualdades. El día del hartazgo. Porque ser mujer no es un género. Es un oficio.