¡No es nuestra culpa!


Actualizado el 12/10/2026 a las 08:53
De verdad, no sé de quién es la culpa y tengo claro que no es el momento de buscarla: es el momento de garantizar la construcción de las viviendas de 108 familias que no tienen una alternativa. Que han renunciado a oportunidades durante años por confiar en este proyecto.
Porque lo peor no es la retención de los ahorros de toda una vida desde 2023. Tampoco la ausencia de noticias durante todo el 2024 ni las asambleas eternas del 2025 que han conseguido que nos enfrentemos entre nosotros. No, es el abandono absoluto y desolador por parte de Gobierno de Navarra y Ayuntamiento de Pamplona ante una situación inaceptable e injusta, que va radicalmente en contra de los principios básicos de la Ley Foral de Vivienda.
No es su tendencia a ignorarnos con atrevimiento con sus “no tenemos competencias” (tras la desvinculación del PEAU ante supuestas garantías de construcción), sus “cooperativa privada” (aunque ellos mismos promovieran el proyecto de estas VPO y se repartieran las medallas), sus “ya cambiamos la ley para que esto no volviera a pasar” (asumiendo de forma tácita que se equivocaron), sus “os advertimos que no debíais aceptar” (mientras abrían la lista de nuevos candidatos de adjudicatarios de vivienda protegida). Ni siquiera es la ansiedad del proceso, la desilusión, el insomnio, la frustración, la rabia. Tampoco son los entre 21.600€ y 34.200€ que hemos invertido casi todas las familias en alquiler a la espera de esta obra, y que sabemos podrían duplicarse fácilmente en el proceso.
Por no hablar de una constructora que se dedica a esperar hasta el último momento para renunciar, a pocos días del inicio de un contrato cuya firma les permitió terminar de embolsarse lo que ganaron con Maristas I. Casi me atrevería a afirmar que ni siquiera es esa sensación de sentir que cada uno de los actores que intervienen en esta promoción sabía algo que nosotros no, que se están riendo de un chiste que no nos han contado; que las promesas siempre fueron falsas, los presupuestos, más frágiles que el cristal y las intenciones obvias. Ese absurdo, ese engaño patente, ese sentirte idiota.
Qué va, no es eso: lo peor de todo es el coste de oportunidad. Es todo aquello a lo que hemos renunciado estos tres años por un proyecto que ya nació sin la intención de convertirse en hogar. Son las decisiones que podríamos haber tomado, el trabajo que rechazamos, las veces que decidimos no mudarnos, la inversión que no hicimos, el sueño que sacrificamos, las oportunidades que hemos dejado pasar.
¿Quién nos va a devolver todo eso? No. Desde luego que no sé de quién es la culpa. Pero si algo tengo claro es queno es nuestra.