Lo que Tudela y Cannes tienen en común

Elía Vallejos

Publicado el 21/04/2026 a las 07:16

Esta primavera ha dejado una imagen casi cinematográfica: mientras Tudela se viste de verde, blanco y rojo para celebrar sus Fiestas de la Verdura, el cine español hace historia con tres películas en competición oficial en Cannes: Amarga Navidad, La bola negra y El ser querido. Es la primera vez que tres títulos españoles compiten simultáneamente por la Palma de Oro. Y la pregunta, casi inevitable, es esta: ¿Qué tienen en común un espárrago de Tudela y una película de Almodóvar? Más de lo que parece. Porque tanto la buena cocina como el buen cine parten del mismo lugar: la verdad del origen.

Tudela no celebra solo una fiesta gastronómica. Celebra una identidad. Durante semanas, la ciudad se convierte en un escenario vivo donde la huerta es protagonista absoluta: degustaciones, showcookings, visitas, concursos, calles llenas y mesas compartidas. No es solo turismo; es una manera de contarse al mundo. En un tiempo en el que casi todo parece filtrado, editado y empaquetado para Instagram, la verdura de Tudela tiene algo profundamente revolucionario: no necesita disfraz. La borraja no pretende ser otra cosa. La alcachofa no posa. El cogollo no interpreta. Simplemente es. Y quizá por eso emociona.

Lo mismo ocurre con el mejor cine español cuando llega a Cannes. No triunfa por tener grandes estrellas internacionales, que también, ni por copiar fórmulas. Triunfa cuando se atreve a contar lo nuestro con verdad: nuestras grietas, nuestras familias, nuestros silencios, nuestras heridas. Decía José Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Tudela, en cierto modo, también lo es. Es su huerta, su gente, su sobremesa, sus bares llenos, su ironía ribera y ese orgullo tranquilo de quien sabe lo que tiene sin necesidad de gritarlo. Hay algo casi cómico -y profundamente humano- en cómo funcionamos. Nos emocionamos cuando una película española pisa la alfombra roja de Cannes.

Nos sentimos parte de alguna manera, nos parece importante, glamuroso. Pero a veces olvidamos que la misma excelencia está a pie de calle, en una menestra bien hecha, en una plaza llena durante fiestas, en una ciudad que cada año convierte la gastronomía en cultura. Quizá el verdadero lujo no esté siempre en la Costa Azul. Quizá a veces esté en una mesa de Tudela con un plato de espárragos y alguien diciendo: “prueba esto, que está en su punto.” Porque tanto el cine como la gastronomía comparten algo esencial: la capacidad de detenernos de hacernos mirar, de hacernos sentir.

Una película buena deja poso. Una comida memorable también. Las dos nos cuentan quiénes somos. Y aquí va la parte debatible. Tal vez hemos aprendido a valorar más lo que viene de fuera que lo que tenemos delante. Celebramos Cannes -y debemos hacerlo-, pero a veces no miramos con la misma admiración aquello que convierte a Tudela y su Ribera en un referente gastronómico y turístico cada primavera. Nos fascina la alfombra roja. Pero quizá no somos del todo conscientes del patrimonio emocional, cultural y económico que supone que una ciudad entera se articule alrededor de su producto más emblemático. Porque sí, las Fiestas de la Verdura son tradición. Pero también son marca, son identidad, son turismo. Son relato. Y hoy, en tiempos donde todo compite por atención, el relato importa. Mucho. Tal vez Tudela y Cannes no estén tan lejos.

En ambos lugares se celebra lo mismo: la capacidad de transformar materia prima en emoción. Un director lo hace con imágenes. Un cocinero, con verduras. Una ciudad, con memoria. Y quizá la verdadera pregunta no sea qué tienen en común, quizá sea esta: ¿sabemos reconocer la belleza cuando la tenemos tan cerca que ya la damos por hecha? Porque a veces la gran historia del año no está solo en Francia. A veces está aquí. Servida en plato llano.Y con mucho más sabor del que imaginamos.

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