Lo que el Brexit se llevó

Iván Sánchez Marañón.
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Iván Sánchez Marañón

Actualizado el 23/06/2026 a las 13:48

Hace una década, los británicos sorprendieron al mundo. El 23 de junio de 2016, por un margen de apenas un millón de votos en un país de más de 65 millones de habitantes, el Reino Unido decidió saltar al vacío y abandonar la Unión Europea. 

Desde entonces, no ha encontrado suelo firme. Los resultados del Brexit desencadenaron una sucesión casi vertiginosa de primeros ministros que todavía no se ha detenido. En apenas una década, el país ha consumido nada más y nada menos que seis líderes. 

Tras la derrota, David Cameron recogió sus cosas y se fue; después llegaron Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak. Y este mismo lunes, el laborista Keir Starmer anunció su dimisión tras menos de dos años en el cargo.

 La inestabilidad política es tal que los dos grandes partidos tradicionales, conservadores y laboristas, no alcanzan juntos el 40% de la intención de voto.

 En ese hueco han crecido los extremos: Nigel Farage, uno de los principales artífices del Brexit, encabeza las encuestas con su partido Reform UK; mientras que los Verdes, desde que Zack Polanski asumió su liderazgo, han virado hacia un eco-populismo cada vez más ruidoso. 

Además de la inestabilidad política, el Brexit ha dejado divisiones sociales difíciles de reparar. El referéndum alumbró dos identidades enfrentadas: los “ Remainers ”, partidarios de quedarse en la UE, y los “ Leavers ”, que querían abandonarla. Una década después, cerca del 60% de la población sigue adscribiéndose a una de estas dos etiquetas.

Asimismo, las identidades sociales derivadas del Brexit afectan al funcionamiento político y social del país. 

Así, se ha encontrado que los británicos estereotipan al bando contrario, evitan relacionarse con él e incluso lo discriminan. Es una polarización peculiar, distinta a la de Estados Unidos (donde el eje son los partidos) o a la de países europeos como España (donde son los bloques ideológicos), porque pivota sobre un único asunto. Pero no por eso resulta menos corrosiva.

 A todo esto, se suma el coste económico. El Brexit no provocó el hundimiento súbito que temían los más agoreros, pero sí un freno gradual y acumulativo sobre el comercio, la inversión y la productividad.

 Según las estimaciones más conservadoras, y descontando los efectos de la pandemia y las guerras recientes, la salida de la UE ha recortado el PIB británico al menos un 4% en la última década.

Esto se debería sobre todo a que, fruto del Brexit, habría menos empresas operando, inversión extranjera más débil, cadenas de suministro europeas a las que ya no se pertenece y un flujo de conocimiento y tecnología que ha menguado en ambas direcciones.

 Finalmente, el Brexit tampoco parece haber permitido controlar la inmigración. Recordemos que uno de los principales argumentos de los partidarios para abandonar la UE era recuperar la soberanía nacional y el control de fronteras. Sin embargo, los datos indican que ha ocurrido todo lo contrario.

 Desde enero de 2021, momento en el que se hizo efectiva la salida plena del Reino Unido de la UE, la inmigración se disparó hasta alcanzar números récord en 2023. Y aunque se ha reducido desde entonces, sigue muy por encima de los niveles previos al referéndum. 

Más bien, lo que se observa es un cambio en la composición de la migración. Se ha reducido la llegada de migrantes procedentes de la UE, a la par que ha aumentado la proveniente de países extracomunitarios.

Así están las cosas diez años después. Un país políticamente inestable, una sociedad fracturada, una economía que no termina de arrancar y unas promesas de soberanía que se han quedado en papel mojado. 

El Reino Unido descubrió, a la malas, que la UE no era solo un mercado común o un conjunto de regulaciones molestas, sino que supone también un ancla de estabilidad institucional, una red de seguridad económica y un marco de cooperación con un valor incalculable. 

En este sentido, no es casualidad que incluso los líderes euroescépticos como Le Pen en Francia o Wilders en Países en Bajos hayan abandonado lo opción de que sus respectivos países abandonen la UE. 

Si alguna lección nos llega desde más allá del Canal de la Mancha, es que fuera de la Unión Europea hace mucho frío. 

Iván Sánchez Marañón es investigador predoctoral del Departamento de Ciencia Política y Sociología de la Universidad de Navarra y socio de Equipo Europa Navarra

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