La luz que no se apaga: Luis Cortés, in memoriam


Actualizado el 12/10/2026 a las 08:29
Una lucecita encendida en la sala de proyección. Un niño de ocho años que ayudaba con las películas a su abuelo, también Luis, que fundó el cine Salazar de Ochagavía. Luisito el del cine. Como la del pequeño Totó de la película Cinema Paradiso, su infancia olió a celuloide, a butacas oscuras y a la magia suspendida en el traqueteo de las bobinas. Aquella chispa infantil encendió un propósito que ya no le abandonaría jamás: dedicar su vida entera a contar historias. Mi padre dejó de habitar este extraño mundo el 3 de octubre, pero su gran corazón, su inagotable lucidez y su profunda sensibilidad quedaron revelados para siempre.
Hacer cine en Navarra en los años 70 requería de algo más que talento: exigía una fe incansable. Mi padre la tenía de sobra. Podías verlo en sus ojos, todavía mucho tiempo después, cuando alguien le indicaba “no es posible”. Tras formarse en periodismo, dirección de cine y realización en Madrid, se lanzó a crear con lo puesto, contra viento y marea. Un rebelde con causa. Como su querido Kafka, de día se empleaba anodinamente en un banco; de noche, tecleaba guiones para su siguiente proyecto. En sus primeros trabajos (como el documental Pamplona y el chabolismo, Un tal Luis Costa o Clown) era un ejército de un solo hombre: escribía, producía, encuadraba, montaba y ponía su alma de artesano en cada secuencia. Había historias que merecían ser contadas.
En 1977 dio un paso histórico al fundar Iruña PC, la primera productora cinematográfica en Navarra y bajo la que nació el largometraje dramático Marián. Le siguieron títulos como Ni se lo llevó el viento ni puñetera falta que hacía, película de comedia en la que aparece la actriz Laura Briñol, mi madre, a quien conoció en el ‘casting’. Una vida de artistas. Con Te quiero, te quiero, te quiero (La tele chiflada), un año antes de nacer yo, puso un punto y aparte para dedicarse a la televisión y la publicidad.
Fue un maestro del narrar con imágenes, cuando el mundo empezaba a banalizarlas hasta dejarlas huecas de sentimiento. Trabajó para grandes artistas y marcas, creó la primera cadena de televisión de Navarra, Pamplona Televisión (1993), y dirigió multitud de programas para la pequeña pantalla, algunos de gran éxito.
La luz seguía encendida, alumbrando la máquina de escribir. Luisito el del cine era también un gran escritor. Negro sobre blanco retrató para la prensa, con excelente pulso literario, a los grandes personajes de la sociedad. Y pudo entrevistar a gigantes del séptimo arte, como Stanley Kubrick, Luis Buñuel o su admirado Clint Eastwood, que nos sobrevivirá a todos.
Pero si tuviera que elegir el fotograma más hermoso de su vida y de la mía, no sería ninguno de los mencionados, sino los silencios compartidos detrás del monitor, codo con codo, construyendo juntos, con mi hermana Adriana, La navaja de Ockham (2019).
Trabajar con mi padre, debatir con pasión sobre cada plano, cada argumento y cada verdad que queríamos desvelar al mundo, fue uno de los regalos más grandes que me ha dado la vida. En cada corte de edición de aquella serie, en cada sonrisa cómplice y en cada lección de rigor y honestidad intelectual, latía el mismo adolescente soñador que proyectaba estrenos en el cine de Ochagavía. Fue nuestra última aventura audiovisual. Se quedaron muchas otras en el tintero, demasiadas.
Luis Cortés creía en los relatos que conmueven, en la belleza, en la bondad. Fue insobornable, rebelde, auténtico, coherente cuando otros titubearon, hasta las últimas consecuencias. No solo abrió el camino del audiovisual en Navarra, iluminó nuestra forma de entender la vida, invitándonos, con mucho humor y con mucho amor, a buscar siempre el alma de las historias.
Gracias por enseñarnos tanto, por tu cariño, por tus cientos de detalles que ahora comprendo como nunca. Las películas se terminan en la sala de montaje, me decías siempre. Llegó el “grand finale”, y la cortina del crematorio se abre y se cierra. Y ya no estás. Y la película de tu vida llega a los títulos de crédito. Fundido a negro. Pero, ¿sabes qué?, la hemos terminado de montar juntos.
Adiós, papá. Dejo la luz encendida.
El autor es hijo del fallecido.