Ángel Odériz, mucho más que un sifón amarillo


Actualizado el 12/10/2026 a las 16:09
Hay personas cuya vida puede contarse a través de sus logros. Otras, a través de los recuerdos que dejan en quienes las conocieron. La de nuestro padre, Ángel Odériz Divassón (1934-2026), podría contarse de las dos maneras. Pero estamos seguros de que él habría preferido la segunda.
Para muchos navarros, su apellido estará siempre ligado a aquel inconfundible sifón amarillo presente durante décadas en bares y hogares de nuestra tierra. Para otros, fue un empresario que contribuyó al desarrollo económico de Navarra. Para nosotros, Miguel, Juan, Carlos y María Pilar, fue, sencillamente, nuestro padre. Y esa fue probablemente la faceta de su vida de la que más orgulloso se sintió. En 1963, tras fallecer su padre Gregorio, asumió el negocio familiar fundado en 1918, que transformaría en una empresa de referencia. Las gaseosas Odériz, los refrescos Kyns, Schweppes y La Casera forman parte de esa historia. Presidió la Cámara de Comercio de Navarra entre 1978 y 1982 y perteneció durante cuatro años al Comité Ejecutivo de la Confederación de Empresarios de Navarra. Pero su mayor mérito empresarial estuvo en las personas. Siempre antepuso el bienestar de sus empleados al propio negocio. Todavía hoy antiguos trabajadores nos paran por la calle para agradecernos cómo les cuidó y cuánto les quiso. Pocas cosas pueden hacer sentir más orgullosos a unos hijos.
Profundamente navarro y sanferminero, acudía cada año con su inseparable amigo Miguel a Santo Domingo para ver los encierros. Allí encontró una pequeña barandilla desde la que nos subía a sus hijos para contemplar los toros. Una imagen imborrable de nuestra infancia.
Apasionado del esquí, llegó a presidir la estación de Candanchú. Disfrutaba de las excursiones en moto con amigos e hijos, de las interminables comidas con sus amigos en Ostiz y de sus jornadas de pesca, de las que regresaba casi siempre con las manos vacías, pero cargado de ilusión. Le encantaba navegar con sus hijos y nietos, compartir aventuras y disfrutar de las pequeñas cosas. Y tenía unas manos extraordinarias para construir maquetas y manualidades que regalaba a su familia y que hoy conservamos como auténticos tesoros.
Junto a nuestra madre, María Pilar San Martín Abad, con quien se casó en 1960, construyó una vida llena de viajes, complicidad y recuerdos. Llegaron cuatro hijos, trece nietos —Lucía, Marta, Leti, Javier, Daniel, Cristina, Pablo, Lucas, Carla, Pablete, Carlota, Ale y Javerete— y nueve bisnietos. Una familia numerosa, alegre y unida que fue siempre su mayor orgullo.
Nuestro padre tenía una cualidad especial: mejoraba la vida de quienes se cruzaban en su camino. Nos lo siguen contando amigos, empleados y tantas personas que le conocieron. Cada uno guarda una historia diferente, pero todos comparten el mismo cariño y agradecimiento.
Hoy comprendemos la verdadera dimensión de su legado. Quedará aquel sifón amarillo, su contribución empresarial a Navarra, las comidas en Ostiz, las motos, el esquí, los Sanfermines, el mar y sus maquetas. Pero, por encima de todo, quedará algo que no se puede comprar ni heredar: una familia unida, unos amigos que le quisieron de verdad y muchas personas a las que hizo la vida un poco mejor.
En sus últimos días tuvimos la inmensa suerte de acompañarle, rodeado de hijos y nietos. Y nos queda una sensación profundamente reconfortante: la de que nuestro padre no quiso marcharse hasta comprobar que su familia estaba unida, en paz y que todo quedaba bien. Quizá ese fue su último regalo. Papá, nos dejas muchas cosas. Pero, sobre todo, nos dejas una manera de entender la vida. Y eso, como aquel sifón amarillo que tantos navarros recuerdan, permanecerá siempre con nosotros.
Miguel, Juan, Carlos y María Pilar Odériz, hijos del fallecido