María José Osés Sorbet: Tafalla, Lerga, Burlada


Publicado el 27/05/2026 a las 07:18
El pasado 20 de mayo nos dejó María José Osés. Su misa funeral fue en la Iglesia Santa María de Tafalla, lugar que también le vio nacer. Se cierra así un inolvidable y hermoso ciclo de vida que, como tantos otros, ha sido corto en cantidad pero enorme y profundo en calidad. Es lo que ocurre cuando nos orientamos con las razones más humanas: aquellas que nacen del corazón y no pueden ser explicadas.
Su infancia y juventud transcurrió en su Tafalla natal, con sus padres y hermanos: Ignacio, Rosarito, Marisa, Gema, Dolo y Javier. Si bien comenzó a trabajar en una sastrería, la temprana llamada del amor encarnada en su esposo Jesús la llevó a Burlada, donde tuvieron cuatro hijos: Elena, Marisa, Jesús Mari y Ana. Más tarde llegaron los nietos: David, Uxue, Javier, Daniel, Nerea, Lucía y Hugo. No dejó nunca su vocación, ya que le encantaba coser, reparar y ajustar la ropa de sus familiares, vecinos o conocidos. Tanto le gustaba que no dejaba de tararear canciones mientras lo hacía. Su especialidad era coser vidas. Para hacer bien esa tarea, los instrumentos son otros: amor, bondad, generosidad, comprensión y humor. Los manejaba a la perfección. Así se educa: siendo un ejemplo. Muy perspicaz, siempre comentaba que los hijos conocen con mucha rapidez a los padres. Por eso tenía una técnica muy eficaz con los bebés: si empiezan a llorar, ya pararán. Es una lección muy profunda de aprendizaje autónomo.
Fue adoptada como una más en el pueblo de su marido: Lerga. Allí disfrutaba de reuniones familiares, momentos compartidos, los paseos disfrutando de la naturaleza, las partidas de cartas o de las tertulias realizadas con vecinos y amigos al aire libre. Jesús y María José contagiaron a sus hijos su pasión por el pueblo: todos ellos fueron adquiriendo los espacios rurales que mejor se adaptaban a sus familias.
Mantuvo las amistades de Burlada y las de Tafalla, donde mantenía la cuadrilla de toda la vida. Dejó huella en tres lugares distintos. La consternación que ha dejado en estas localidades es buena prueba de ello. Se le echaba en falta cuando no estaba. Saber que ya no estará implica buscar consuelos internos: “No midas tu dolor por lo que perdiste, sino tu alegría por lo que tuviste la oportunidad de vivir”.
Una inspección médica rutinaria. Un diagnóstico. Dos meses. Un adiós. Es una de las paradojas de la vida: sentimos que las tardes pasan lentas y los años rápidos. Existe una manera de cambiar la tendencia; consiste en concentrarse en nuestras actividades con intensidad y entusiasmo. Para hacerlo todavía mejor, deberíamos tener un teléfono para llamar al cielo y preguntar por María José. Nos lo explicará con mucho gusto. Aquí en la Tierra deja su legado más importante, su familia. Y con ella, su recuerdo, su sonrisa, su alegría y el consuelo de saber que nos está esperando allí.
En la otra vida.
El autor es sobrino de la fallecida