La dignidad del mediocre

Fotos del partido Getafe-Osasuna
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Los jugadores de Osasuna se abrazan tras conocer que el equipo había logrado la permanencia con el empate del Girona y el ElcheJ.P. Urdiroz
Fotos del partido Getafe-Osasuna

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José Francisco Alenza García

Publicado el 29/05/2026 a las 05:00

La mediocridad tiene mala imagen. Suele asociarse a lo anodino, mezquino y poco meritorio. Pero mediocre significa ser “de calidad media” y estar situado entre lo extraordinario y lo deficiente. Por ello, la mediocridad no debe ser menospreciada. Incluso puede reconocerse en ella una dignidad respetable. Así lo afirma el filósofo navarro Gregorio Luri que reivindica en su último libro la dignidad de la condición mediocre del ser humano: un ser inacabado y frágil, que duda, se equivoca y cae, pero que también se levanta y es capaz de hacer cosas sublimes. 

El fútbol se parece mucho a la vida y, por ello, esa tesis sobre la mediocridad es aplicable a Osasuna que, por historia y capacidad económica, pertenece a la clase media-baja futbolística. Atesoramos virtudes excelentes (cantera, afición, tradición, alma), pero no formamos parte de la aristocracia. Reconocerlo no es malo. Lo grave es resignarse a quedar instalados en la mediocridad. No podemos aspirar a títulos, pero sí a competir con dignidad. La grandeza del mediocre está en la voluntad de mejorar y superar sus límites para alcanzar logros impropios de su potencial.

Pensé en ello tras los empates con el Alavés y el Betis y la derrota en San Mamés. Esos resultados nos alejaban de Europa y nos devolvían a nuestra mediocridad esencial. La posterior victoria ante el Sevilla nos liberó del miedo al descenso y nos permitía jugar con más alegría y riesgos. Los más ilusos o insensatos volvieron a pensar en Europa. Mediocre deriva de medius (medio) y ocris (montaña). Como dice Gregorio Luri, mediocre es quien estando a mitad de la montaña, puede decidirse por ascender o dejarse caer. Para alcanzar puestos europeos, Osasuna debía mantener la intensidad, ya que faltaba calidad (solo uno o dos jugadores serían titulares en los cinco primeros de la liga) y la mentalidad ganadora de otras épocas.

A ello se sumaba la ausencia de un líder en el campo. El aliento del Sadar y la solidez del bloque de la vieja guardia taparon esa carencia en ocasiones. Pero esta temporada ese mismo bloque se ha mostrado desgastado, sobrevalorado y un tanto acomodado. Lisci no ha sabido ejercer de líder ni encontrar uno en el equipo. Las esperanzas puestas en el novato entrenador, tras la mejoría de la segunda vuelta, se fueron diluyendo. Los ilusionantes discursos de Lisci se fueron transformando en palabras huecas que no se correspondían con lo que sucedía en el campo. Aun así, nadie esperaba el desplome de los últimos cinco partidos.

Todo comenzó ante el Levante en el partido más infame de la historia reciente de Osasuna. Desaprovechar un 0-2 y el desánimo del rival es imperdonable. No se puede culpar solo al portero o al entrenador. Todos fueron responsables. Quizá algún día se sepa si hubo circunstancias extrañas que expliquen una derrota tan deshonrosa.

La negación en la que me veía envuelto desde los partidos contra Alavés, Betis y Athletic se tornó en incombustible ira al ver cómo se arruinaba el final de la temporada. Entré en la tercera fase del duelo negociando posibles resultados ante el Atlético y el Espanyol. Pero dos nuevas derrotas me llevaron a la depresión y a la aceptación de que nos íbamos a Segunda, pues era improbable un resultado positivo en Getafe.

No quería creer -para no recaer en la ira y la depresión-, pero creí. En una de las semanas de mayor efervescencia osasunista me llegaban continuos comentarios sobre las posibilidades de mantenernos. En las redes sociales, en el ascensor, en el trabajo, en las terrazas, en la villavesa, todos los osasunistas mostraban sus temores y sus esperanzas. Las palabras de Barja terminaron por convencerme de que nos salvaríamos por méritos propios. El capitán dijo que el equipo no se merecía a la afición (muy cierto) y que los jugadores hablarían en el campo. Lo hicieron y fueron muy elocuentes al mostrar su impotencia y la falta de carácter que esperaba la afición.

Nos salvamos por la mínima y a la italiana, como en los Mundiales en los que Italia pasaba de fase con pírricos empates. Quedamos los últimos de los que mantienen la categoría, cerrando la competición con cinco derrotas consecutivas. Una salvación sin épica y sin nada que celebrar. Una salvación sin la dignidad del mediocre.

Asomarnos al abismo debe tener consecuencias. La primera ha sido la fulminante destitución de Lisci. Las siguientes deben dirigirse a cambiar la plantilla para recuperar una defensa menos vulnerable (tenemos los centrales menos intimidantes de nuestra historia) y un centro del campo menos acomodado y más implicado en el ataque (inadmisible que los centrocampistas hayan marcado solo tres goles, frente a los seis de los defensas). Hay que rehacer el equipo y encontrar uno o dos líderes con la mirada intimidante y desafiante de Rípodas y de Robinson, la rasmia de Bustingorri y Cruchaga, o la inteligencia Echeverría y Puñal.

No todo han sido decepciones y llantos en la temporada. Gregorio Luri advierte que “no está mal ser un infeliz mediocre, porque hay resplandores de luz y belleza que solo se descubren en los claros del bosque, a media ascensión”. Hemos visto esos resplandores en el desparpajo y la progresión de Víctor Muñoz, en los récords de Budimir y en la infatigable entrega de Moncayola. A nivel colectivo destacan la victoria contra el Real Madrid y ser, tras el PSG, segundos de las cinco grandes ligas en partidos consecutivos marcando en casa: llevamos 40 partidos seguidos celebrando goles en el Sadar.

Tengo confianza en la próxima temporada. Esta plantilla ha aprendido en sus propias carnes la máxima del osasunismo: “Si nos confiamos, somos muy malos”. Estoy seguro de que Braulio volverá a acertar en la construcción de un equipo capaz de dar brillo y dignidad a nuestra mediocridad.

José Francisco Alenza García es Catedrático de Derecho Administrativo de la UPNA.

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