XX edición de "El Día de la "Almadía"

Almadiero de profesión y de corazón

Fidel Alonso-Allende

Actualizado el 22/04/2011 a las 14:38

Hace 60 años el cierre del río Esca le obligó a abandonar su profesión, pero Juan aún recuerda hasta del último detalle de ese largo viaje desde los altos bosques hasta Sangüesa, Zaragoza y Tortosa a través de las frías aguas invernales.


El próximo 30 de abril miles de turistas y vecinos de Burgui disfrutarán observando el descenso de las almadías desafiando a las aguas del río Esca, pero hay un hombre que lo seguirá de una manera especial. Se trata de Juan Urzainqui, un burguiara de toda la vida que en su juventud se ganaba la vida trabajando como almadiero. "Bajé por primera vez en una almadía a los 12 años cuando acompañaba a mi padre en un descenso", cuenta Juan. "Una de las embarcaciones sufrió un accidente y mi padre tuvo que ir a socorrerles. Entonces me encontré con un remo entre las manos y dirigiendo una almadía", recuerda.


Ese día Juan descubrió la pasión de su vida que no ha abandonado, a pesar de las dificultades, hasta el día de hoy. Como su abuelo y su padre comenzó a trabajar como almadiero y aunque han pasado muchos años desde que dejó de ejercer como tal, aún lo conserva muy fresco en su memoria: "A mediados de mayo íbamos a por la madera hasta Uztarroz o Isaba, a unos 20 kilómetros de Burgui y allí permanecíamos cortando la leña durante un mes".


En total eran un grupo de 150 personas que dormían bajo lonas a base de ramas de pino y se alimentaban de alubias y migas de pastor. "Y las de este señor son especiales", apunta Bienvenida Gorrindo, la esposa de Juan desde hace 61 años y que también ha vivido muy de cerca la profesión de almadiero ya que su padre se encargaba también al transporte de la madera.


Después de cortar y tratar toda la madera, la transportaban hasta el atadero donde confeccionaban la almadía. Y a finales de noviembre comenzaban a descender el río. "Debíamos esperar a que el cauce del río fuera suficiente para no colisionar contra las rocas. El descenso podía durar más de una semana; pasábamos por Esco, Yesa, Sangüesa, Carcastillo, Villafranca, hasta llegar a Tudela", asegura Juan.


Juan recuerda cómo a cada paso de uno de estos pueblos, los vecinos se agolpaban a los lados del río para animar a los almadieros. En el recorrido iban vendiendo la madera. "Lo mejor era venderlo cuanto antes porque volvíamos a Burgui andando. Pero a veces llegábamos hasta Tortosa, lo que suponía una semana más de viaje".



El embalse de Yesa entierra su pasión


A mediados de siglo, para la construcción del embalse de Yesa, cerraron el cauce del río Esca y la profesión de Juan y la del resto de almadieros quedó inútil. "También aparecieron los primeros camiones y no tenía sentido transportar la madera por el río". Muy a su pesar, Juan comenzó a dedicarse al pastoreo pero nunca quiso encerrar en el olvido aquellos descensos cargados de peligro y de emoción.


El Gobierno de Navarra y la Expo de Sevilla recuperan la tradición


40 años después del último descenso por el Esca, el Gobierno de Navarra encargó a los vecinos de Burgui la construcción una almadía para la exposición que se estaba celebrando en Sevilla. Necesitaban expertos en la materia y Juan junto a otros antiguos almadieros como Crisanto Pasquel, Ángel Galán o José Ayerra se pusieron manos a la obra. Los vecinos recobraron la ilusión y entre todos se propusieron crear una asociación que conservase esta tradición con el paso del tiempo. Y así surgió la Asociación de Almadieros de Navarra y la fiesta de "El Día de la Almadía". Juan no se ha perdido ninguna de estas ediciones y hasta hace tres años aún seguía descendiendo. "Necesitaban gente experta", aclara.


Cuando se le pregunta si el próximo 30 de abril se subirá a una almadía, Juan acompaña con la cabeza la rotunda negación de su mujer Bienvenida. "Aunque es una tradición que forma parte de mi vida tengo que cuidarme y el descenso podría coger una pulmonía", asegura.


De todas formas, Juan lo verá desde el balcón de la casa de un sobrino animando como en su día a él le animaban cuando atravesaba cada uno de los pueblos pirenaicos y, seguramente, mirará el descenso orgulloso de sí mismo por haber contribuido a rescatar una tradición que ha formado parte de su vida.



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