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Una realidad inquietante

19/08/2016Susana Aragón Fernández

Es un bonito día de comienzos del verano, un día en el que todo promete, el tiempo y los días que se alargan, los olores que llenan la ciudad… Esa tarde te llegan seguidos varios mensajes de Whatsapp de tu hijo adolescente: “Mamá, que me han robado la bici”, “Han cortado el candado”, acompañado de la foto donde aparece su mano sujetando el candado partido en dos. Quedáis, ya hablando -no “whatsappeando-, y vais a poner la denuncia a la Policía Foral. “¡Era una bici tan bonita... se la regalamos el año pasado para su cumpleaños!”, le contabas al policía que apuntaba los detalles de lo sucedido. Y éste, comprendiendo la pena, te respondía “Sí, yo también les cojo mucho cariño a las bicis”, ante la actitud callada de tu hijo, que estaba pasando un poco de vergüenza con ese tipo de comentarios.

Sin haber transcurrido ni 24 horas recibes una llamada. Han recuperado la bici. “Podéis pasar a recogerla”. Una llamada que te llena de alegría, admiración y agradecimiento por la eficacia de la Policía Foral y por recuperar la bicicleta. Esta admiración y agradecimiento permanecen en ti, aunque pase el tiempo, en cambio la alegría va cambiando conforme vas conociendo más de la situación.

El autor del robo es un chico de 16 años (‘¡vaya, como tu hijo!’, piensas), que lleva meses en España y del que su madre “no puede hacer carrera”. Había robado la bici con idea de venderla y en ese trayecto lo detuvo la policía. Has sido tan rápida en acudir a las dependencias policiales que te comentan que “es la primera vez que se va antes el objeto robado que el autor del robo”. Así que el chaval está ahí. Y esa señora que estaba esperando y ahora va acompañada de un policía debe de ser su madre. No has podido verle bien, pero te pones a pensar en que ella también, como tú, ha recibido una llamada esta misma tarde. Para ti la llamada ha sido de alegría y para ella ha sido como un puñal “Venga por comisaría que hemos detenido a su hijo por robar una bicicleta”.

Quién sabe lo que habrá tenido que pasar esta señora, irse de su país dejando a su hijo con familiares para poder buscar un futuro mejor. Los años que pasan persiguiendo ese sueño y el hijo creciendo sin saber en qué entorno. Y, llegado el momento de poder cumplir su anhelo de traerle de su país, retomar la vida familiar que se cortó hace años, darle unos estudios o un oficio… El niño aquel ha venido con una trayectoria, unas vivencias y una dificultad añadida de sus años adolescentes que tiran por el suelo todas las ilusiones de su madre de una vida mejor. Tu alegría se contagia del dolor de esa madre, de esa impotencia mezclada de vergüenza, soledad y desesperación.
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