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Una radio sintonizada en terreno hostil

  • María Aranguren De La Gracia
21/11/2020

Tengo que admitir que con frecuencia soy la nota discordante. A veces en el ejercicio de mi profesión, en medio del barullo de las clases, el ajetreo de los pasillos y en el aquelarre de los patios cierro los ojos y trato de oír esa radio. Una radio aparentemente distorsionada, pero que emite señales claras y coherentes, constantes y decididas. Digo distorsionada, porque su frecuencia está siempre amenazada por las fuertes tormentas, los vientos contrarios que quieren callar su mensaje. Soy profesora de Religión Católica en un colegio público de Navarra. Una asignatura fuertemente estigmatizada, tan odiada por muchos, tan amada por otros tantos. Busco cada día encontrar la frecuencia adecuada, la sintonía perfecta para esa radio que se enciende para el que quiere y cuando quiere. Genero puentes, derribo muros. No me canso de amar la libertad, con todas sus consecuencias.

Hablando de libertad. En mi humilde opinión, la libertad se concreta y se hace efectiva, especialmente, cuando la elección ajena decepciona nuestras propias convicciones y nuestra libre comprensión de la realidad y concepción de una sociedad justa e igualitaria. Me produce cierto estupor ver como muchas personas, haciendo alarde de libertad, se dedican a entorpecer torticeramente mi labor docente, abocando siempre a mi alumnado a una desigualdad pedagógica escandalosa y sobra decirlo, a la que a mi respecta como docente. Desigualdad que se concreta en el abuso sistemático de poder abocándonos a dar clase en los desdobles, con una ausencia total de recursos digitales, mientras la asignatura espejo permanece en el aula de referencia, con todos ellos a su disposición. Todo esto ante la mirada impasible de quienes se llenan la boca hablando de igualdad.

Esta es precisamente la paradoja de la libertad. En una escuela supuestamente plural y de todos y todas, hay casi más de cien alumnos y alumnas que se ven obligados a una permanente, indiscriminada e injusta situación de desigualdad pedagógica. En una escuela pública y de todos y todas, los padres y madres de mi alumnado deben pactar con la idea de que sus hijos e hijas no podrán disponer de los medios pedagógicos que ellos mismos financian en igualdad de condiciones. Decía que a veces me siento como esa radio desintonizada en terreno hostil. Así es. Hasta que oigo a lo lejos el tímido saludo, el ahora ilegal abrazo y la sonrisa creciente de mis más de cien pupilos. Entonces y sólo entonces, mi frecuencia encuentra la sintonía perfecta y la luz de la verdad grita con fuerza. ¡Adelante! ¡Vale la pena!
No quisiera dejar estas líneas sin dar las gracias a todos mis compañeros y compañeras de trabajo, que cada día me muestran su apoyo y me tienden su mano, a pesar de nuestras diferencias. Ellos también hacen que todo esto merezca la pena.

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