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Una guerra sin armas

  • Noelia Gabás Iriguíbel
12/01/2021
Una guerra no necesita armas para serlo, incluso puede ser más peligrosa prescindiendo de ellas. Mírenos; escondiéndonos tras unas mascarillas, y viviendo entre distancias y gel hidroalcohólico. “Ponte la mascarilla”. “Lávate las manos”. “No toques nada”. Surrealista e impensable. Algunos soldados caen en la batalla, otros resisten hasta el final. Tengo miedo, sí, miedo. Nos han hecho quedarnos encerrados entre cuatro paredes durante más de dos meses, algunos con privilegio de jardín o de perro, ¡qué ricos aquellos! Otros con el espacio justo para convivir. Nos hemos adaptado y hemos cumplido. ¿Han cumplido los demás? Culpables los de arriba, culpables los de abajo, pero las verdaderas víctimas son todos aquellos que se quedaron sin trabajo. Aquellas sonrisas que vimos, y ya no volvimos a ver. Repito, tengo miedo. Parece que al virus no le guste el transporte público, o que quizás, decide no subirse a él. Quién sabe, probablemente opte por ir andando de un lado a otro, de casa en casa, de país en país. Es posible también que se esconda de noche, que tema a la oscuridad y de las 23:00 horas a las 06:00 horas, prefiera dormir. Pudiera ser que no sea un fanático de las compras, prefiriendo quedarse a las puertas de los centros comerciales; hoy no necesita nada nuevo. ¿Estamos haciendo las cosas bien? Antes diez personas, ahora seis máximo. Antes teníamos vacuna, ahora se ha complicado. Antes había bares, ahora tienen horarios. ¿A qué estamos jugando? Quizás en esta guerra estén ausentes las bombas y los disparos, pero está claro que reina un arma mucho más peligrosa; la incertidumbre. No sé si mañana el virus vendrá a visitarme. No sé si mañana veré a mi familia. No sé si mañana me tocará a mí. Lo que sí sé es que, en medio de este camino lleno de curvas, necesito poder volver a ser yo. Necesitamos recuperar nuestra normalidad, y no sé si ésta es la mejor manera.
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