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Ni olvido ni perdón

  • José Ignacio Palacios
20/11/2020

Al actual vicepresidente del Gobierno de Navarra, Javier Remírez Apesteguía, lo conocí en 1983, cuando él acababa de cumplir ocho años y su madre y yo tomamos posesión como concejales del Ayuntamiento de Pamplona, ella por el PSOE y yo por Alianza Popular.

Javier y su padre, de igual nombre, con puntualidad, acudían a todas las salidas que hacíamos en Corporación, especialmente la de la tarde del 6 de julio, para acompañar, arropar, proteger y, si fuera preciso, rescatar a Asun Apesteguía de los ataques que recibíamos los ediles, policías municipales y resto del cortejo por parte del inframundo proetarra, un año sí y otro también, en la marcha a Vísperas o “Riau-riau”. Por eso, en los ocho años que permanecí en el Consistorio, en los que vi a Javier pasar de niño a adolescente, los muchos, muy duros, muy largos y muy tensos momentos que con su madre compartí hizo que, entre nosotros, y por encima de siglas, se trabase una buena amistad que perdura hasta hoy.

Al inicio del tiempo de nuestra segunda corporación, en 1987, es cuando la casa de los Remírez Apesteguía, situada en la Chantrea, se convirtió en objetivo de las gentes de ETA y muchas veces, y durante casi diez años, al amanecer descubrían pintadas insultantes y amenazantes en su coche o en su domicilio como: “Apesteguía, la soga está vacía” o consignas a favor de ETA: “Gora Eta”, y varias veces se despertaron en medio de la noche por el lanzamiento de cócteles molotov que en alguna ocasión le llevó a declarar a Asun a este periódico: “Ha sido un intento claro de asesinato”.

Por eso ahora, cuando veo la firma de Javier Remírez en el acuerdo presupuestario junto a las de aquellos que no han condenado esos atentados de los que ellos fueron víctimas, he sentido pena, tristeza y perplejidad, porque las legislaturas pasan muy rápidas, no todo vale en política y hay precios que uno jamás debe pagar por permanecer sentado en un sillón. Después de las elecciones forales de mayo de 2019, el PSOE, Chivite y Remírez desdeñaron el ofrecimiento que les hizo Navarra Suma para formar un gobierno fuerte en Navarra, que estuviera apoyado por 31 escaños y, por el contrario, prefirieron aliarse con aquellos (Geroa Bai, Podemos e Izquierda Unida) a los que las urnas les acababan de dar un duro castigo por las políticas identitarias y sectarias que habían realizado en el cuatripartito presidido por Barkos. Y, entonces, desoyendo al electorado, optaron por esos socios, a sabiendas de que con ellos tan sólo contaban con 23 escaños, que les situaba muy lejos de la mayoría absoluta de 26. En ese momento y durante el debate de investidura, la portavoz de Bildu le preguntó a María Chivite hacia qué posición de la Cámara iba a mirar en sus acciones del Gobierno para conseguir las mayorías parlamentarias necesarias: al derecho, ocupado por Navarra Suma, o al izquierdo, en el que se sientan los de Bildu, al tiempo que le advirtió que ellos tenían la llave política de las mayorías y le recordó que las llaves sirven tanto para abrir como para cerrar. A lo que Chivite le respondió que miraría a la ciudadanía.

Pues bien, ahora, aunque Navarra Suma le regalaba sus veinte votos para que no tuvieran que pactar los Presupuestos con Bildu, María Chivite y Javier Remírez han cometido esa ignominia. Por eso, les pido que miren y escuchen lo que la ciudadanía navarra opina de ellos porque, aunque 2023 parece que está lejano, llegará enseguida y hay cosas que los votantes jamás olvidan ni perdonan.

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