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Llegar a España o morir

25/02/2018Carmen Olorón Goñi

“Entré en Ceuta el 20 de junio del año 2015; luego el 12 de noviembre llegué a la estación en Madrid. De ahí vine a Pamplona...”. Así comienza el libro Buscando la Isla del Tesoro, tres relatos de migrantes subsaharianos que editado por Sercade (Servicio Capuchino para el Desarrollo y la Solidaridad) será presentado en sociedad el próximo martes 27 en nuestra ciudad, estando presente en el acto el protagonista del primer relato, “Llegar a España o morir”.

“Nací en Sierra Leona en 1990 (..) desde los nueve años nunca he vuelto a ver a mis padres. A los doce años acabó la guerra, lo perdí todo. A mis padres y dos hermanos los mataron en la guerra..”. ¿Se pueden tener unos comienzos más duros y difíciles que éstos? ¡La guerra, la maldita guerra! El infierno en estado puro, los seres humanos, olvidando que lo son, juegan a matar. La condición humana y sus limitaciones se quedan cortas ante las salvajadas que se relatan. La vida apenas vale nada, se dispara indiscriminadamente, se viola, se masacra.. y se dejan huérfanos. Uno de ellos es nuestro M.
“Así que iba recogiendo botellas, latas de refrescos, hierros o piedras, para cambiar por algo de dinero. Iba unas cinco horas para recoger hierro en las basuras..”. Mientras nuestros niños acuden al colegio , otros niños acuden a los vertederos. Y sigue la historia. “En mi decisión de salir hacia Europa, también hay que mirar lo que uno deja atrás: si no tienes nada tampoco tienes preocupación y puedes irte. Si el viaje dura cinco años...”. De todo esto me quedo con el “si no tienes nada”. ¿Quién no tiene algo que dé sentido a su vida? Algo o alguien por quien vivir, por quien luchar, por quien seguir adelante... ‘M’ no, no tiene ni nada ni a nadie. ¡Qué fuerte! Aunque lo peor estaba por llegar... el viaje.

“Para salir, lo primero que necesitas es valor. Te das cuenta que no tienes nada que perder, que no hay nadie que va a ayudarte. En realidad no sabes lo que va a sucederte en el viaje, si vas a vivir o morir..”. Me llama la atención la diferencia con nuestros jóvenes cuando los mandamos al extranjero para aprender inglés, preparados y pertrechados hasta la saciedad. “Compré un pan, puse bastantes sardinas dentro, luego añadí ketchup y mahonesa. El dinero se guarda en una bolsita de plástico, entre las sardinas. Otro poco se queda en el bolsillo, para que ellos te lo quiten. Algunos viajeros, de miedo, se mean en el pantalón. No hay agua ni comida. Sólo si Dios te ayuda, no mueres. Algunos caminan hasta morir, los que siguen detrás, le quitan la ropa y los zapatos”. Y todo eso, ¿para qué? ¿Para venir a hacer las Américas en España? ¿Para vender bolsos y zapatillas en las aceras y correr cuando se acerca la ‘pasma’? ¿Para malcomer un bocadillo cuando se tercie? ¿Para que te roben y exploten recogiendo fresas? Pero ahí no acaba la película, falta lo mejor; el final, la meta soñada: el salto de la valla. Como el espacio manda, sugiero al interesado que adquiera el libro (en Capuchinos Carlos III). Y termino no sin antes reflexionar en voz alta sobre este drama mayúsculo que nos está tocando vivir. El éxodo masivo de unos chavales que se juegan la vida a diario en pos del derecho más elemental que existe: el de escapar de la guerra y miseria consecuente. El derecho más que lícito de salir de la pobreza de un país esquilmado hasta la saciedad por todo el que pasó por allí. Y me pregunto también por los derechos humanos de estos chicos (¿qué derechos, loca?). Y de paso planteo qué hubiera ocurrido si años atrás Europa, en vez de saquear y expoliar las inmensas riquezas del África negra como lo hizo, si en vez del nefasto reparto de África con escuadra y cartabón en el Berlín de 1880, Europa -digo- hubiera contribuido al desarrollo económico, social o industrial del continente olvidado. Así que quizás ahora tengamos que asumir las consecuencias de las violentas rapiñas de ayer, en forma de unos jóvenes, sedientos de un futuro mejor que el que les dejamos. ¡Vamos, que de aquellos polvos vienen estos lodos!

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