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El abuelo

03/12/2019Juan Félix Isturiz Azcona

EL ABUELO El abuelo era buen mozo. Sus manos eran grandes y recias, acostumbradas al trabajo. El abuelo tenía carácter, pero no mal carácter. Vestía siempre pantalón de Vergara y camisas claras. Usaba txapela que casi nunca se quitaba. Cuando se hizo mayor se ayudaba de su vara de avellano. En la entrada de la casa, como en casi todas las casas del pueblo, tenía un perro de raza pastor vasco, que se llamaba “Poli”. A la hora de comer el abuelo se ponía serio. Se quitaba la txapela, bendecía la mesa y antes de comer le hacía una cruz al pan. Tenían vacas pirenaicas, cerdos y gallinas. Las vacas iban al monte desde el biltegi del pueblo a diario. Al oscurecer volvían al pueblo, el abuelo escuchaba las eskilas y solo se levantaba cuando reconocía el sonido de las suyas. Al abuelo le tocó trabajar duramente toda su vida, pero jamás se quejaba del trabajo. Cuando era más joven, iba desde el pueblo andando, rodeando la mole de Txurregi hasta Oskía. Y allí en la cantera, le esperaba la tarea de picar piedra. ¿Por dónde cruzaría el abuelo el caudaloso río Arakil? El abuelo solía decir sonriendo: “Que es malo ir a la cama muy cenado, ¡Algo peor es ir sin cenar”!!. Leía el periódico, nunca se perdía los dialogandos de Arako, con los que solía reír con aquella sonrisa amplia y benéfica, que reflejaba su enorme humanidad. En la gran cocina de la casa había un fogón en el propio suelo.. Cuando el fuego declinaba, el abuelo se levantaba y entraba unas abarras que colocaba en medio de las brasas. Después el ambiente se tornaba cálido y acogedor por mucho rato. Las conversaciones se sucedían unas tras otra. Al abuelo le gustaban las fiestas del pueblo. Me contaba que de joven varios años en primavera lo tocó cruzar la sierra por los portillos que conducen a la Barranca, para apalabrar y contratar al ttunttunero. Cuando yo era niño era acordeonista lo que se contrataba. Lo mejor era la ronda por las casas que incluía entrar en la sala de cada una de ellas. Se aprovechaba para saludar a las personas mayores de las casas que ya no podían salir a la calle. El abuelo sufría mucho de reuma y es que la humedad de aquel valle es mucha y le atacaba a los brazos y a las piernas tremendamente. Tanto le dolían que no se podía mover y menos andar. Entonces lo subían a la yegua hasta la caseta junto a la carretera. Allí en el Valdeollo a Pamplona. Su destino eran los Baños de Fitero para tomar las benéficas aguas. Esto le hacía recobrar la salud casi por completo. Solía recitar la copla: “Adiós Baños de Fitero, adiós aguas medicinales; tú te quedas con mis duros yo me quedo con mis males”. Pero lo cierto es que le tenía mucho afecto al balneario Cuanto nos enseñó él para la vida con su ejemplo, con sus palabras y con su cariño siempre afectuoso.

Juan Félix Isturiz Azcona

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